Enero 30: “Y añadió: les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su patria”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Jeremías 1: 4-10 y 17-19
  2. Salmo 70
  3. 1 Corintios 12: 31 a 13: 13
  4. Lucas 4: 21-30

En los comienzos de este año litúrgico se nos presenta a Jesús iniciando su misión, así lo indicaba el texto evangélico del domingo anterior,[1] una misión claramente orientada a la plenitud y liberación de todo el ser humano y de todos los seres humanos, histórica, real y trascendente en la consumación definitiva cuando pasemos la frontera de la muerte hacia la Vida: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos, y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”.[2] Este es el programa de Jesús, promover un ser humano nuevo, en comunión con Dios y con los demás, asumidos y vividos como hermanos,[3] no aislado en la privacidad de una estructura religiosa desconectada de la realidad.[4] El origen de este proyecto es Dios mismo, es Él quien toma la iniciativa, se ofrece gratuitamente,[5] ¡no establece mediciones cuantitativas de méritos y cumplimientos para premiar sólo a los observantes! El Dios que nos revela Jesús es felizmente sorprendente porque desarma las concepciones y prácticas humanas de autojustificación y de vanidad religioso-moral, para que los humanos seamos libres y nos dejemos tomar por esa feliz gratuidad.

La misión de Jesús remite a la realidad de lo humano, a los contextos donde se desenvuelve la vida, es consecuencia del principio encarnatorio. Él es el modo como Dios asume la humanidad, muchas veces estupenda, apasionante, libre y liberadora, creativa e innovadora, promotora de grandes sensibilidades éticas y humanistas, generadora de espiritualidad y de profundos sentidos de trascendencia, sorprendente en los desarrollos de la ciencia y de la tecnología, sabia en el pensamiento filosófico y en las diversas concepciones antropológicas, capaz de indignarse ante la opresión y la injusticia, pero también contradictoria cuando se torna dictadura y totalitarismo, cuando usa a sus semejantes como trampolín para satisfacer siniestros proyectos de poder y ambición egoístas, cuando se inventa los campos de concentración, cuando diseña economías desalmadas, cuando descarta a miles de millones de seres humanos de los beneficios básicos para el buen vivir.[6]

En esta humanidad se inserta Dios en la persona de Jesús, con amor apasionado por cada uno, santos y pecadores, observantes y descreídos, y lo hace para abrir a cada hombre, a cada mujer, a la relación fundante con el tú constitutivo –Dios, principio y fundamento– que se plasma en el tú cotidiano, el prójimo nuestro de cada día.[7]

Esta presentación se hace pedagógicamente para que también nosotros nos insertemos en esa misión y la tomemos como propia. Por eso, las constantes   referencias que hacemos a los contextos de realidad no son recurso para generar   sentimientos sombríos sino para acicatear nuestra capacidad de construir aquí en la historia las señales anticipadas del Reino definitivo. El anuncio de la Buena Noticia de Jesús no se puede hacer si no estamos solidariamente encarnados en todo lo que disminuye la humanidad de nuestros prójimos, con la necesaria responsabilidad ética de convertir esa historia en una práctica de libertad.[8]

La tentación de desencarnar la fe cristiana es permanente en la historia de la Iglesia, la distinción introducida por el pensamiento neoplatónico entre lo natural y lo sobrenatural dividió la realidad y canonizó una forma de idealizar lo que está más allá de la historia, demeritando lo existencial y lo histórico. Por eso se hace imperativo el discernimiento lúcido que nos permita articular los elementos que hacen integral el anuncio de la Buena Noticia, mensaje de salvación y de liberación para esta historia real y cotidiana,[9] y para el futuro de bienaventuranza prometido como plenitud y vida inagotable en el misterio amoroso de Dios.

Así las cosas, estamos necesitados de profetas, aunque esta misión resulte incómoda y sea vilipendiada y perseguida: “La gente se preguntaba: ¿Pero no es este el hijo de José? Él les respondió: seguramente ustedes me van a aplicar el refrán que dice: médico, cúrate a ti mismo. Todo lo que hemos oído que ha sucedido en Cafarnaúm, hazlo también aquí en tu patria. Y añadió: les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su patria”.[10] Jesús es el profeta incómodo por excelencia, así lo evidencian las exclamaciones de incredulidad y escepticismo de sus oyentes, sus paisanos, sumidos en la comodidad de su religión ritual, carente de solidaridad y de sentido de la justicia.

Nadie es profeta en su tierra, dice el texto. Su libertad de espíritu para confrontar el fundamentalismo y la extrema rigidez de aquella religión (y también de muchas de las actuales), su anuncio de un Dios comprometido con la liberación y la plenitud de todos los humanos, su resuelta preferencia por los últimos del mundo, su ejercicio de la misericordia restauradora sin condenar implacablemente al pecador, su extraordinaria libertad de espíritu,[11] pusieron el dedo en la llaga y conmovieron a muchos. A unos porque se escandalizaron y lo consideraron enemigo de la moral y de la religión, y a otros porque vieron y ven en él la gran señal de esperanza, afincada en el mismísimo Dios.

Los beatos salvadoreños reconocidos oficialmente por la Iglesia este 22 de enero tuvieron la lucidez profética para inscribirse en el proyecto de Jesús, a sabiendas de la contradicción y de la cruz que tendrían que pasar como inevitable implicación de su compromiso, su muerte martirial acredita esta pasión por el reino de Dios y su justicia, experiencia en extremo dolorosa, pero siempre dadora de vida y comunicadora de la realidad teologal definitiva que derriba la prepotencia de los poderosos y de los señores de la muerte.[12]

La primera lectura –de Jeremías– nos pone simultáneamente en el trance profético de lo divino y de lo humano, la grandeza de la misión a la que es llamado por Yahvé y la conciencia de sus límites, exactamente como nosotros: “Me dirigió la palabra Yahvé en estos términos: Antes de haberte formado yo en el vientre, te conocía; antes que nacieses, te había consagrado como profeta; te tenía destinado a las naciones. Yo respondí: ¡Ah, Señor Yahvé! Mira que no sé expresarme, que soy un pobre muchacho. Pero Yahvé me dijo: No digas que eres un muchacho, pues irás donde yo te envíe y dirás todo lo que te mande. No les tengas miedo, que contigo estoy para protegerte –oráculo de Yahvé”.[13]

Dios estuvo en la historia de Israel mediado en sus profetas, personas que no pertenecían al estamento religioso oficial,  gentes libres, tomadas de la comunidad, frágiles como todos, pero dotados de la fuerza de Dios, la misma que requerimos hoy para anunciar que el Dios revelado en Jesucristo es un Dios de toda la humanidad, cercano, solidario, encarnado, Dios de todos y para todos, siempre en plan de libertad, de dignidad, de vida plena, el mismo que animó la precariedad de Jeremías: “Por tu parte, cíñete bien los lomos, ponte firme y diles cuanto te ordene. No desmayes ante ellos, que yo no te haré desmayar. Por mi parte, te convierto desde hoy en plaza fuerte, en pilar de hierro, en muralla de bronce frente a toda esta tierra, así se trate de los reyes de Judá como de sus jefes, de sus sacerdotes o del pueblo de la tierra. Te harán la guerra más no podrán contigo, pues contigo estoy yo –oráculo de Yahvé– para salvarte”.[14]

Dios empodera al profeta, nos empodera también a nosotros para la misma misión. No es un Dios asistencialista que nos dispensa de la responsabilidad de confrontar esta seudocultura de muerte, es un Dios que nos dota de energía teologal y humana, de espíritu liberador, para cambiar la lógica del poder por la de la comunión y la solidaridad. Tarea nada fácil pero apasionante, para que no llevemos existencias estériles, resignadas, sino creadoras de nuevos seres humanos, según el modo del Señor Jesucristo, en quien descubrimos todo lo divino y lo humano, revistiéndonos de él, gracias al Espíritu de la Vida.

 

[1] Lucas 4: 16-20

[2] Lucas 4: 18-19

[3] GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. Proyecto de hermano: visión creyente del hombre. Sal Terrae. Santander, 1991. Autores varios. De proyecto de hermano a agradecimiento de hermanos: simposio con José Ignacio González Faus. Cristianismo y Justicia. Barcelona, 2001.

[4] PAGOLA, José Antonio. Recuperar el proyecto de Jesús. PPC. Madrid, 2014. CASTILLO, José María. El proyecto de Jesús. Sígueme. Salamanca, 1991.

[5] BOFF, Leonardo. Gracia y liberación del hombre. Trotta. Madrid, 2006. SCHYLLEEBECKX, Edward. Cristo y los cristianos: gracia y liberación. Cristiandad. Madrid, 1983.

[6] ARENDT, Hannah. La condición humana. Paidós. Barcelona, 2015. GEVAERT, Joseph. El problema del hombre. Sígueme. Salamanca, 1998. PLASENCIA LLANOS, Vicente. Ser humano: un proyecto inconcluso. Universidad Politécnica Salesiana. Cuenca, 2017.

[7] BUBER. Martin. Yo y tú. Herder. Barcelona, 2017. ROMEU, Vivian. Buber y la filosofía del diálogo: apuntes para pensar la comunicación dialógica. En https://www.scielo.edu.uy/pdf/dix/n29/0797-3691-dix-29-34.pdf

[8] ELLACURÍA, Ignacio. Filosofía de la realidad histórica. UCA Editores. San Salvador, 1996; Historicidad de la salvación cristiana. En Escritos Teológicos I. UCA Editores. San Salvador, 2000; páginas 535-596.

[9] PAPA PABLO VI. Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi sobre la Evangelización del Mundo Contemporáneo. Tipografía Vaticana. Roma, 1975. Es esencial tener presente sobre este aspecto – también esencial en la evangelización – el magisterio de los obispos latinoamericanos en sus asambleas generales de Medellín (agosto-septiembre de 1968) y Puebla (enero de 1979). Junto con el citado documento de PABLO Vi son las más completas explicitaciones sobre lo que se entiende por liberación integral en la teología católica desarrollada en el contexto del Concilio Vaticano II.

[10] Lucas 4: 22 - 24

[11] JUSTO, Emilio J. La libertad de Jesús. Sígueme. Salamanca, 2014. DUCQUOC, Christian. Jesús, hombre libre. Sígueme. Salamanca, 1980. COMBLIN, Joseph. La libertad cristiana. Sal Terrae. Santander, 1995; La profecía en la Iglesia. Madrid, 1997.

[12] CARRANZA OÑA, Salvador. Romero-Rutilio: vidas encontradas. UCA Editores. San Salvador, 2018. LÓPEZ, Miroslava. El Salvador tiene 4 nuevos beatos. En revista Vida Nueva digital https://www.vidanuevadigital.com/2022/01/23/el-salvador-tiene-cuatro-nuevos-beatos-rutilio-manuel-nelson-y-cosme/

[13] Jeremías 1: 4-8

[14] Jeremías 1: 17-19