Febrero 6: “Maestro, hemos trabajado la noche entera y no hemos sacado nada, pero si tú lo dices, echaré las redes”

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Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Isaías 6: 1-8
  2. Salmo 137
  3. 1 Corintios 15: 1-11
  4. Lucas 5: 1-11

¿Cuántas veces nos hemos sentido agobiados por el fracaso, por lo que creemos que es la imposibilidad de lograr nuestros ideales, nuestra felicidad y realización? Entramos en depresión y en sentimiento de derrota, “tirar la toalla” es la expresión consagrada para esto; nuestra autoestima baja, el sentimiento trágico de la vida nos invade, todo se nos antoja sombrío y el pesimismo se torna en la nota dominante de nuestra sensibilidad.[1]

Ante esto se expande el amplio panorama de respuestas para lograr esa felicidad “inalcanzable”,  propio de la sociedad de consumo y de su cultura deleznable: la deficiente literatura de superación, los cursos y talleres que ofrecen lograrla en rápidas lecciones, infinidad de experiencias que se rapan la innumerable clientela, en las redes sociales pululan las cadenas del éxito, las recetas para obtenerlo, también la religiosidad barata,[2] desconectada de la historia, refugio de perdedores.

Todas ellas son ofertas que adolecen de una aterradora superficialidad.[3] Es la cultura ligera, epidérmica, dominada por un facilismo que ignora el aspecto dramático de la existencia y la templada entereza para afrontarla. Más allá de estas constataciones críticas es preciso reconocer, con seriedad, que es propio de lo humano –¡inherente a nuestro ser!– la precariedad. Ninguna realidad nos exime de esta condición, si queremos ser personas consistentes debemos optar por un saludable realismo, aunque en determinadas experiencias nos resulte extremadamente doloroso. Este par de años marcados por la pandemia son un escenario dramático que a muchos ha permitido verificar la contingencia de nuestra humanidad, pero también ha posibilitado una revisión rigurosa de tantos aspectos de nuestra autosuficiencia remitiéndonos a lo esencial de la vida.[4]

Veamos qué nos dice al respecto la Palabra de este domingo. El pasaje que nos refiere la primera lectura –de Isaías– relata un encuentro íntimo de Yahvé-Dios con el profeta, en el que este se experimenta indigno y frágil ante la misión que se le quiere confiar, sentimiento muy humano como el que suele ocurrirnos cuando nos sentimos desbordados por algún reto especialmente exigente: “Ay de mí, estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros y vivo entre gente de labios impuros[5].

Hagamos el esfuerzo de dar el paso cualitativo entre el texto bíblico, el contexto en el que surgió y el vínculo con la realidad nuestra, tal procedimiento nos garantiza un ejercicio de interpretación saludable, atinado, que nos permite interpretar nuestra circunstancia real, en este caso pensando en aquellas cosas que nos disminuyen, afligen y afectan negativamente en nuestro deseo de vivir con sentido. ¿Cómo hemos vivido este tiempo de pandemia? ¿La noticia permanente de fallecidos y contagiados, muchos de ellos en nuestro entorno personal y comunitario, nos ha ayudado a crecer en ese carácter esencial de la sabiduría que relativiza con libertad lo accidental de la existencia?

¿Es Dios respuesta a estas fragilidades? ¿Sabemos dar el paso de la religiosidad deísta, ritual, a una experiencia existencial en la que afrontamos la adversidad, sin resignación, sin búsqueda de respuestas mágicas, haciéndonos conscientes del trabajo combinado de la iniciativa gratuita de Dios con la respuesta de nuestra libertad? ¿Tenemos la convicción de que esto es posible?[6]

Si recorremos a los profetas bíblicos y los cotejamos con nuestros momentos de incertidumbre y crisis, podremos establecer el vínculo correspondiente y verificar cómo en ellos la experiencia de Dios ha sido garantía de un nuevo amanecer, dotándonos de sentido, nunca dispensándonos de la responsabilidad de resolver la vida por nuestra cuenta y riesgo. La acción salvadora y liberadora de Dios no es de proteccionismo a minusválidos sino tarea que estimula al ser humano para que sea el gestor de su historia.[7]

Aquí está uno de los elementos esenciales de nuestra misión en la vida. No se trata de pasar por ella domesticados por lo que es ajeno a nosotros, condicionados por la presión social, permitiendo que otros nos suplanten en la liberadora tarea de decidir y de resolver con creatividad lo que nos maltrata. La invitación de Dios, la que nos hace profundamente humanos, es a ser hombres y mujeres que afrontan la aventura del sentido, de la libertad, con todas las implicaciones que esto contiene, incluídas las contradicciones, los desencantos, las situaciones difíciles en las que pareciera que Él guarda silencio.[8]

Dios, lo sabemos, es un experto en configurar seres humanos de primera categoría. Lo suyo es el ser humano, su felicidad y plenitud, su dignidad, su libertad, su capacidad de amar y ser amado, su fuerza innovadora para erradicar lo que es opuesto a esta intención. De Él procede la plena capacidad para hacer de nosotros seres libres, responsables de gestionar la historia en clave de emancipación, críticos con los poderes que se empeñan en someternos, aptos para generar territorios de vida y de dignidad, templados en el dolor, gozosos en el disfrute de la vida, comprometidos con la dignidad de cada prójimo, infatigables en la tarea de ser siempre humanos, densamente humanos, como Jesús, que en su humanidad revela su divinidad, la misma a la que estamos felizmente  llamados.[9]

La historia bíblica es un relato pedagógico de esa estrategia divina, a través de las personas, experiencias, situaciones, del pueblo de Israel. Esto nos ayuda a entender la inquietud de Isaías, expresada en la primera lectura, el que se sentía indigno experimenta ahora el favor de Dios y se siente impulsado a la misión: “Y voló hacia mí uno de los serafines con un ascua en la mano, que había retirado del altar con unas tenazas; la aplicó a mi boca y me dijo: Mira, esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado. Entonces escuché la voz del Señor que decía: ¿A quién mandaré? ¿Quién irá de nuestra parte? Contesté: aquí estoy, mándame”.[10]

Y en el Evangelio nos encontramos con el diálogo entre Jesús y Pedro, sencillo y profundo a la vez, cuyo contenido podemos apropiar. Nos remite a las turbulencias de la vida mientras nos esforzamos nadando a contra corriente. Están Pedro y los demás discípulos en su faena habitual de la pesca, en la que ellos son experimentados. Sin embargo, el relato dice que no tuvieron buenos resultados, les causa frustración: “Maestro , hemos bregado toda la noche sin lograr nada; pero, ya que lo dices, echaré las redes. Lo hicieron, y capturaron tal cantidad de peces, que reventaban las redes. Hicieron señas a los socios de la otra barca para que fueran a echarles una mano. Llegaron y llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.[11]

El hecho de que la pesca abundante sea precedida de un total fracaso tiene un significado teológico muy profundo. ¿Quién no ha tenido la sensación de haber trabajado en vano durante largo tiempo? ¿Cuántos esfuerzos hemos hecho, pensando que íbamos a obtener los mejores resultados, para no obtener nada de valía? ¿No será que esto sucede porque nos dejamos llevar por la autosuficiencia, sintiéndonos nosotros los propietarios del éxito, sin una referencia trascendente a Dios y al prójimo?

La expresión “remar adentro” es el desafío que Jesús plantea a Pedro y a nosotros, abandonar la comodidad, arriesgarnos a la gran aventura de la vida, cuando nos liberamos de la mediocridad, yendo a lo profundo para traspasar la falsa seguridad del yo superficial, adentrándonos en aquello que nos es desconocido pero promisorio de libertad y de felicidad. La inmensidad del mar es potente lenguaje simbólico que evoca los grandes emprendimientos del ser humano que osa  conseguir su libertad y su realización.

El que Pedro se fíe de la palabra de Jesús, que le invita a lanzar las redes contra toda lógica, a una hora impropia en la que no había peces, tiene mucha miga. Las tareas decisivas de la vida las debemos y podemos hacer sólo si nos fiamos de otro. Se impone que tengamos la docilidad de dejarnos conducir. Cuando intentamos controlar lo que es más que nosotros, aseguramos el fracaso más rotundo.[12]

Dejarnos llevar por lo que nos desborda, el Misterio sagrado del amor de Dios, el Misterio del prójimo, el santo Misterio de la vida con sentido, es señal de sabiduría y de una libertad que no se queda en la vanidad del pretendido poder que creemos poseer, con la capacidad de dejarse tomar felizmente por Aquel que ha seducido amorosamente a tantos hombres y mujeres, admirables seres que sin sentirse inferiores ni humillados tuvieron el tino de encontrar su plenitud en el abandonarse plenamente en ese amor siempre mayor.[13]

Así apreciamos mejor las palabras finales del texto evangélico de hoy: “Entonces, atracando la barca en tierra, lo dejaron todo y lo siguieron”.[14] Es la vocación de todo ser humano, el llamamiento a una vida consistente, no invitación sólo para una élite de escogidos sino para todos sin excepción, propuesta que nos remite a la faena por excelencia, la de la felicidad, la de construír una historia de solidaridad, de genuino humanismo trascendente, de plenitud y de liberación.

 

[1] MELICH, Joan Carles. La fragilidad del mundo: ensayo sobre un tiempo precario. Tusquets Editores. Barcelona, 2016. PALLARES, Martín. Perspectiva filosófico-antropológica de la fragilidad. En https://www.aacademica.org/000-035/95.pdf FEITO, Lidia. Vulnerabilidad. En https://www.scielo.isciii.es/pdf/asisna/v30s3/original1.pdf NUSSBAUM, Martha C. La fragilidad del bien. Ediciones Universidad de Salamanca, 2004. SPRINGHART, Heike. El hombre vulnerable. Sígueme. Salamanca, 2020.

[2] PRAT CARÓS, Joan. Nuevos movimientos religiosos: lecturas e interpretaciones. En https://www.injuve.es/sites/default/files/Revista53-8.pdf GREENFIELD, Robert. El supermercado espiritual. Anagrama. Barcelona, 1985. BAALEN, J.K. van. Plagios de la religión cristiana. Clie. Tarrassa, 1985. GALINDO, Florencio. El protestantismo fundamentalista: una experiencia ambigua para América Latina. Verbo Divino. Estella, 1992. SAMUEL, Albert. Para comprender las religiones en nuestro tiempo. Verbo Divino. Estella, 1997.

[3] TRUJANO RUIZ, María Magdalena. Del hedonismo y las felicidades efímeras. En https://www.scielo.org.mx/pdf/soc/v28n79/v28n79a3.pdf  LIPOVETSKY, Gilles. La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo. Anagrama. Barcelona, 2000. BYUNG CHUL - HAN. La sociedad paliativa. Herder. Barcelona, 2019.

[4] ESTÉVEZ, Elisa. Habitar las afueras: experiencia de Dios en tiempos de crisis. En Revista Theologica Xaveriana volumen 71 año 2021, páginas 1-26. Facultad de Teología, Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá. GUTIÉRREZ MERINO, Gustavo. Hablar de Dios desde el sufrimiento del inocente. Sígueme. Salamanca, 2003. KASPER, Walter & AUGUSTIN, George. Dios en la pandemia. Sal Terrae. Santander, 2021.

[5] Isaías 6: 5. ARENAS MOLINA, Enrique. Barro en manos del alfarero. En https://www.uniagustiniana.edu.co/sites/default/files/2020-05/ReflexionesRector_11.pdf SEVILLA JIMÉNEZ, Cristóbal. Crisis y esperanza en los profetas de Israel. En Scripta Fulgentina año XXIV número 47-48, páginas 7-22. Instituto Teológico San Fulgencio. Murcia, 2014,

[6] JOHNSON, Elizabeth A. La búsqueda del Dios vivo. Sal Terrae. Santander, 2008. MARTÍN VELASCO, Juan de Dios. La experiencia cristiana de Dios. Trotta. Madrid, 1995. REMOLINA VARGAS, Gerardo. Dios y la religión: ilusión o realidad?  Editorial Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2016. HABERMAS, Jürgen. Carta al papa: consideraciones sobre la fe. Paidós. Barcelona, 2009. VÁZQUEZ, Rodolfo. No echar de menos a Dios: itinerario de un agnóstico. Trotta. Madrid, 2021.

[7] GARCÍA-ALANDETE, Joaquín. Afrontando la adversidad: resiliencia, optimismo y sentido de la vida. Sociedad Latina de Comunicación Social. La Laguna, Tenerife; 2016. MESA BOUZAS, Miguel Angel. Espiritualidad para tiempos de crisis. Desclée de Brower. Bilbao, 2014. KÜNG, Hans. Existencia cristiana. Trotta. Madrid, 2012; Mantener la esperanza. Trotta. Madrid, 1990. TORRES QUEIRUGA, Andrés. Esperanza a pesar del mal. Sal Terrae. Santander, 2017.

[8] GELABERT BALLESTER, Martín. Escuchar la voz y el silencio de Dios. En Revista Veritas volumen III número 19, páginas 383-398.Facultad de Teología San Vicente Ferrer. Valencia, 2008. LÓPEZ QUINTÁS, Alfonso. Silencio de Dios y libertad del hombre. En https://www.ddfv.ufv.es/bitstream/handle/10641/1888/Silencio%20Dios%20.pdf?sequence=1&isAllowed=y

[9] NAVARRO, Rosana Elena. De lo humano vulnerado a lo humano resignificado, desde la experiencia espiritual de Etty Hillesum. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 41 número 97 enero-junio 2015, páginas 205-228. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín, 2015. HILLESUM, Etty. Una vida conmocionada : diario 1941-1943. Anthropos. Barcelona, 2007. FRANK, Evelyne. Con Etty Hillesum en busca de la felicidad. Sal Terrae. Santander, 2006.

[10] Isaías 6: 6-8

[11] Lucas 5: 5-7

[12] ZAMORA ANDRADE, Pedro Pablo. Seguir a Jesús, el Señor, y proseguir su proyecto. Verbo Divino. Estella, 2021. LOIS, Julio. Para una espiritualidad del seguimiento de Jesús. En Sal Terrae Revista de Teología Pastoral tomo 74 número 870 páginas 43-57. Madrid, 1986. CASTILLO, José María. El evangelio marginado. Desclée de Brower. Bilbao, 2019.

[13] WEIL, Simone. La gravedad y la gracia. Trotta. Madrid, 1988; A la espera de Dios. Trotta. Madrid, 1993.

[14] Lucas 5: 11