Marzo 13: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante”

homilia_antonio_jose_sarmiento

Por: Antonio José Sarmiento Nova, SJ

Lecturas:

  1. Génesis 15: 5-18
  2. Salmo 26
  3. Filipenses 3: 20 a 4:1
  4. Lucas 9: 28-36

Los seres humanos somos misteriosos y contradictorios. Una parte de nosotros es frágil y precaria, lo vivimos continuamente en el sufrimiento, en los abandonos afectivos, en las enfermedades, en el fracaso de proyectos en los que nos habíamos empeñado con gran ilusión, la muerte de los seres queridos y la conciencia de la propia es una certeza que no podemos evadir, también el mal moral se hace presente cuando vamos en contra de nuestra realización haciendo daño a otros, destruyendo vínculos que se consideraban sagrados, pisoteando la dignidad de prójimos respetables, haciendo mal uso de los recursos que Dios y la vida nos han dado para crecer y compartir con los demás. ¡Hay sombras en nuestra existencia![1], en esta dimensión nuestra humanidad pierde su figura original, el egoísmo, la injusticia, la violencia, nos desfiguran. Evidencia de esta realidad es la muy injusta guerra emprendida por el poder ruso en contra de Ucrania; y aquí entre nosotros, la terquedad de una violencia que se ensaña sin dar tregua en esas regiones desdibujadas, Arauca, el Catatumbo, la costa del Pacífico,[2] con las largas y dolorosas listas de líderes sociales asesinados, de comunidades desplazadas, de asedios interminables, crímenes todos ellos de lesa humanidad.

Pero otra parte de nuestra condición humana es luminosa y radiante, nuestra figura se transfigura en la donación del amor, en el humanismo de tantos proyectos y realizaciones que dan lo mejor de sí para hacer el bien, para crear convivencia y justicia, en la creatividad de las artes y de la cultura en general, en los sentidos de solidaridad y fraternidad hechos vida en muchas comunidades, en la trascendencia espiritual, en la búsqueda constante de nuevos horizontes para vivir con dignidad, gentes que no reparan en el propio beneficio para dar sentido a la vida de sus semejantes. Es el aspecto optimista del ser humano, muchos lo poseen y hacen de sus proyectos vitales apuestas de inmenso valor para que su paso por el mundo haga huella de dignidad y esperanza.[3] Constatar tantas bondades es un capital que nos da sentido y voluntad de ser para contrarrestar las arremetidas del mal y de la violencia. Los buenos seres humanos, los cuidadores, los que educan, los servidores, los que practican la justicia son la transfiguración de todo lo nuestro, lo que nos redime y llena de significado.[4]

Las lecturas de este domingo nos sitúan en este contexto evolutivo de lo desfigurado a lo transfigurado. El texto de Lucas es un relato de esperanza y de vitalidad del Dios que se hace historia y realidad en Jesús, nuestra humanidad maltrecha por tantos pesares no está expuesta al absurdo, él toma esta condición de muerte y la transforma, la hace definitiva e inagotable. Esta es la ruta que se nos señala en la lógica cuaresmal, no es una postura sombría y entristecida, sumida en penitencias y culpas fúnebres, estamos ante el mayor relato de esperanza que se puede referir en la gran narrativa de la humanidad[5]: “Pero nosotros somos ciudadanos del cielo, de donde esperamos como Salvador al Señor Jesucristo, el cual transfigurará nuestro pobre cuerpo a imagen de su cuerpo glorioso, en virtud del poder que tiene de someter a sí todas las cosas”.[6]

El espíritu del tiempo de Cuaresma no se puede entender desde una óptica de pesadumbre. Este tipo de interpretación es una desafortunada percepción de los hechos originales de nuestra fe que lleva a modos de vida temerosos, con todas sus consecuencias de pérdida o disminución de la autoestima individual y colectiva. De ahí provienen las prácticas penitenciales de autocastigo, algunas con visos claramente masoquistas; la predicación se queda en el anuncio de condenaciones y los rituales tienen marcado sabor funeral.

Las lecturas de este domingo van por el lado diametralmente opuesto. Son una referencia fundamental a ese Dios que es todo para el ser humano, en la que ese “todo” es la plenitud de la vida, la garantía de una solidaridad teologal para llenar de significado nuestra existencia. Sí nos hace conscientes del aspecto dramático que nos cobija a todos, Jesús lo vivió de modo desbordante en su pasión, en la ignominia a la que fue sometido por las autoridades religiosas y políticas de Palestina, también incomprendido por sus propios discípulos y abandonado por las multitudes que inicialmente se entusiasmaron con su palabra y con sus señales milagrosas. Es el camino de la cruz, el del inevitable aspecto doloroso de la vida, el de Jesús, el nuestro, antesala del carácter definitivo de la Pascua, el paso de la muerte a la vida.[7] Jesús es desfigurado por el pecado del mundo.[8]

La Palabra de este domingo nos remite a la novedad de vida que pasa del mundo desfigurado por el pecado, por la injusticia, por la muerte, al mundo que se transfigura en una nueva y definitiva realidad –histórica y trascendente– en la que es el mismo Dios quien se manifiesta como garante de esa cualidad transfigurada en la persona de Jesús. El texto central de Lucas, nos dice que caminamos hacia la Vida, no hacia la muerte, aunque esta sea un tránsito necesario, como lo es también todo lo relativo a nuestra inevitable precariedad.[9]

En los versículos anteriores al Evangelio de este domingo, Jesús camina con sus discípulos y les anuncia su pasión y su muerte: “El Hijo del hombre debe sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; lo matarán y resucitará al tercer día”[10] y más adelante alude explícitamente a las exigencias dolorosas de seguir su camino: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la salvará”.[11] Estas palabras son claves para entender lo que vendrá luego con el relato de la Transfiguración.

Los elementos simbólicos del relato son muy elocuentes:

  • “Tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar”.[12] La montaña en el lenguaje bíblico es lugar de manifestaciones especiales de Dios, encuentro íntimo con el Padre para recibir una densa luminosidad que lo remite a su misión salvadora y liberadora. Como a Pedro, a Santiago o a Juan, Jesús nos saca del camino y nos toma consigo para involucrarnos en su encuentro con Dios, él se experimenta allí como Hijo amado y es su deseo que nosotros también tengamos esta misma experiencia que nos saca de la fatalidad y nos abre al mundo de la vida definitiva. La experiencia de cercanía de Dios está narrada con todos los elementos propios de las teofanías bíblicas,[13] subida al monte, lugar en el que Dios habita, vestiduras resplandecientes y personajes centrales –como Moisés y Elías– en la historia del pueblo de Israel, que conectan al creyente con la Ley y los profetas.
  • “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante”.[14] En Jesús se hace patente la nueva humanidad que supera la tragedia de la cruz. Vale la pena advertir que la experiencia de esta cercanía de Dios no reside en el ropaje exterior, en el decorado, sino en la densidad teologal de la vivencia de Jesús, que se ve y se siente a sí mismo profundamente amado como Hijo, y nosotros con él. Pedro, Santiago y Juan simbolizan nuestra humanidad, ellos –por decisión de Jesús– participan de esta posibilidad, nosotros también. El simbolismo no es de prodigios espectaculares individuales, de glorificación del ego de Jesús, sino de su filiación y de su fraternidad, en las que nosotros estamos definitivamente implicados. Para estos tres discípulos, el descubrir a su maestro como Hijo amado de Dios está directamente vinculado con su deseo de seguir su mismo camino de vida. En esto reconocemos que hemos recibido el gen de la transfiguración: Dios se hace hombre para divinizarnos,[15] en ella se deja entrever la condición gloriosa en la que seremos asumidos.
  • No hay vida sin muerte, ni gozo sin dolor, ni regeneración sin destrucción. Vayamos a las experiencias profundas de enamoramiento, a la vivencia gozosa de la paternidad-maternidad, a la lucha por la justicia y por la libertad, a los descubrimientos de la ciencia que contribuyen a dignificar las condiciones de la existencia, a la caída de los ídolos, a la superación de nuestras esclavitudes, a la catarsis liberadora de las expresiones artísticas, al cuidado de la casa común, todas ellas son realidades de transfiguración. Para los creyentes son anticipos sacramentales de la plenitud definitiva. Y ellas están determinadas por la presencia de Dios que asume a Jesús como su Hijo amado: “Entonces llegó una voz desde la nube que decía: Este es mi Hijo, mi Elegido, escúchenlo”.[16] El Padre opta por el Hijo, cosa lógica desde todo sentido común, pero con la cualidad distintiva de ser él el modelo de la nueva humanidad. “Escúchenlo” es la invitación que Dios nos hace a configurar-transfigurar nuestra humanidad con la divinidad-humanidad de Jesús. En Jesús, Dios también opta por nosotros, todo su interés es para nosotros.

La Transfiguración es el gran simbolismo de nuestra esperanza en Dios, no estamos definidos por la muerte sino por la Vida. Todos nuestros ideales y proyectos, nuestras expectativas de sentido, también nuestras penurias y crisis, los agobios y sufrimientos se redimensionan, el Crucificado es el Resucitado. Este segundo domingo de Cuaresma nos presenta el horizonte pascual, temporada para resucitar, para confrontar críticamente nuestras muertes y oscuridades, no es la penitencia sufriente por sí misma sino el aliento vital de Dios que en Jesús configura y transfigura nuestra condición.[17]

 

[1] CARDONA, Luis Fernando. Mal y sufrimiento humano: un acercamiento filosófico a un problema clásico. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2013. SAFRANSKI, Rüdiger. El mal o el drama de la libertad. Tusquets. Barcelona, 2000. GESCHÉ, Adolphe. Dios para pensar: el mal, el hombre. Sígueme. Salamanca, 1995.

[2] RESTREPO, Jorge A. & APONTE, David. Editores. Guerra y violencias en Colombia: herramientas e interpretaciones. Pontificia Universidad Javeriana. Bogotá, 2009. ALBERDI, Juan Bautista. El crimen de la guerra. Cadal. Buenos Aires, 2020. CENTRO NACIONAL DE MEMORIA HISTÓRICA. La guerra inscrita en el cuerpo: Informe nacional de violencia sexual en el conflicto armado. Centro Nacional de Memoria Histórica. Bogotá, 2017. MARTÍN-BARÓ, Ignacio. Psicología social de la guerra: trauma y terapia. En https://www.bivipas.unal.edu.co/bitstream/10720/358/1/L-131-Marin_Ignacio-1990-361.pdf

[3] LUCAS LUCAS, Ramón. Horizonte vertical: sentido y significado de la existencia humana. Biblioteca de Autores Cristianos BAC. Madrid, 2010. DELFGAAW, Bernard. La historia como progreso. Carlos Lohlé. Buenos Aires, 1969. PLASENCIA LLANOS, Vicente. Ser humano: un proyecto inconcluso. Universidad Politécnica Salesiana. Cuenca, 2017.

[4] BUENO, Gustavo. El sentido de la vida. En https://www.fgbueno.es/med/dig/gb96sv.pdf  FROMM, Erich. El arte de amar: una investigación sobre la naturaleza del amor. Paidós. Buenos Aires, 1990. GIANNINI, Humberto. Del bien que se espera y del bien que se debe. Dolmen, Santiago de Chile, 1997. LEPP, Ignacio. La existencia auténtica. Carlos Lohlé. Buenos Aires, 1971.

[5] SABUGAL, Santos. La transfiguración de Jesús, adelanto de su resurrección. En https://www.agustinosvalladolid.es/estudio/investigacion/estudioagustiniano/estudiofondos/estudio1992/estudio_1992_3_01.pdf MARTINI, Carlo María & TEIXER, Roger. En el misterio de la transfiguración. Verbo Divino. Estella, 2004.

[6] Filipenses 3: 20-21

[7] NOEMÍ, Juan. Vida y muerte: una reflexión teológico fundamental. En revista Teología y Vida volumen XLVIII páginas 41-55. Pontificia Universidad Católica de Chile, Facultad de Teología. Santiago, 2007.

[8] Ver el texto El Cristo desfigurado en https://www.emid.org.mx/impresos/t2e66.-elcristodesfigurado.pdf  También viene a nuestra memoria el poema del jesuita español  Ramón Cué – 1914-2001 - ,  MI CRISTO ROTO, en el que el poeta narra sus sentimientos y su coloquio con el Crucificado a raíz de su búsqueda de un Cristo en cruz en un anticuario. Pueden ver el texto completo en https://www.catolicidad.com/2009/08/mi-cristo-roto.html

[9] PIKAZA, Xabier. La nueva figura de Jesús. Verbo Divino. Estella, 2003. GONZÁLEZ FAUS, José Ignacio. La humanidad nueva: ensayo de cristología. Sal Terrae. Santander, 2016; El rostro humano de Dios: de la revolución de Jesús a la divinidad de Jesús. Sal Terrae. Santander, 2015. RUIZ DE LA PEÑA, Juan Luis. Imagen de Dios: antropología teológica fundamental. Sal Terrae. Santander,

[10] Lucas 9: 22

[11] Lucas 9: 23-24

[12] Lucas 9: 28

[13] Teofanía: en el lenguaje de las mitologías de la antigüedad es la manifestación de la divinidad, para resaltarlo se valen de elementos esplendorosos como luminosidad, transformación del rostro, compañía de personajes propios de la respectiva tradición religiosa. En el Antiguo Testamento estos relatos simbólicos son frecuentes.

[14] Lucas 9: 29

[15] CASTILLO, José María La humanización de Dios. Trotta. Madrid, 2018. VILA PORRAS, Carolina. El amor de Dios se humaniza: una mirada desde las bienaventuranzas. En Revista Cuestiones Teológicas volumen 44 número 101 páginas 43-66. Universidad Pontificia Bolivariana, Facultad de Teología. Medellín, 2017.

[16] Lucas 9: 35

[17] PANIKKAR, Raimon. La plenitud del hombre: una cristofanía. Siruela. Madrid, 1999.