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¿Cristianos bajo el temor?

  •   Domingo Diciembre 02 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

Según los estudiosos de las religiones primitivas, el temor es uno de los sentimientos humanos que ellas alivian. Ritos religiosos antes de la caza libraría del temor de ser muerto durante la cacería.


Temores reales o supuestos ayudaron a conformar grupos jerarquizados donde especialistas manejaban el temor pero igualmente la protección y liberación de él.

Cuando se produce el fenómeno de la Ilustración, con la crítica de muchas imágenes de Dios, varios autores sostenían la necesidad de la creencia en Dios de las clases bajas, porque sin el temor no obedecerían a los gobernantes. Hasta en Kant es necesario Dios para que la ética funcione. Al fin y al cabo todos, con excepción de Rousseau y sus seguidores, partían de que el hombre era malo por naturaleza y era necesario controlar su maldad con la religión; eso sí, para las clases bajas y campesinos, no para los intelectuales. El adulto intelectual contemporáneo ya no basa su existencia en el “temor de Dios” sino más bien en otros temores, siendo el supremo el temor a la existencia . El conocido intelectual Rudolf Otto basa las experiencias espirituales o místicas en el “misterio tremendo y fascinante”, ambas cosas a la vez. En las Escrituras el temor, el miedo a Yahvéh fue originalmente el miedo al trueno, el relámpago, el rayo, la muerte y secundariamente interpretado como reverencia a Yahvéh: «Y ahora, Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que temas a Yahveh tu Dios» (Dt 10:12).

El temor religioso se concretiza en el castigo a manos de súper-poderes que puedan dar la muerte o la vida. En la religión romana, ceremoniales mal hechos o equivocados causaban enfermedad. El cristianismo europeo se desarrolló en estos parámetros, con historias macabras, imágenes, detalles francamente de sadismo, tormentos del infierno, temporales en el purgatorio ubicado en volcanes y lagos de azufre, alimentados con literatura apocalíptica mal interpretada y visiones de místicos . No se redujo a las historias monacales; muchas eran populares. Se extendieron a los laicos y al pueblo sencillo en misiones populares, poemas, tratados y representaciones dramáticas; especialmente del juicio final, como abunda en la literatura española de la llamada Edad de Oro, con la consiguiente idea de predestinación de Agustín y del calvinismo. La misericordia y gracia divina se oscurecieron casi hasta desaparecer. Por otro lado, se condenaba el “alma” que supuestamente era impasible en la escolástica. En la música el Dies Irae (día de la ira) y el réquiem, favorito de muchos compositores. Los mismos justos debían vivir en el temor pues escasamente se salvarían. Los monstros, gárgolas, faunos, serpientes, demonios de todo tipo, formas femeninas, formas satánicas eran la decoración preferida de las catedrales (góticas y románicas) que aún hoy se conservan. Mucho ministerio pastoral enfatizó más el temor que el amor misericordioso de Dios, expresado en Jesús. Epicuro y Lucrecio encontraban en el temor la razón principal para creer en los dioses. Muchas mejoras médicas, sanitarias, urbanas, técnicas robaron el espacio a viejos temores. Hoy la catequesis del temor, el miedo, la amenaza es la preferida por iglesias de garaje.

En el catolicismo, buen recurso contra el temor fueron las devociones marianas, con María madre compasiva y su manto protector y sus advocaciones hasta del pasmo y de los pillos. Hasta rescataba almas del purgatorio en una especie de chantaje a un Dios que se hace el de la vista gorda. También tuvo desviaciones patológicas como las flagelaciones públicas (Filipinas y Santo Tomás en Colombia). Así como otras menos agresivas como bendiciones, santiguarse, amuletos, cruces, sacramentales, agua bendita, para superar el temor o miedo o expulsar energías maléficas. La presentación de un Dios amoroso es típica del evangelio de Juan y de su primera carta. Allí el juicio lo hace cada creyente frente a Jesús, de manera que si se define a su favor, su vida se ilumina e ilumina la vida de los demás; si se define en su contra, su vida se oscurece y oscurece la de los demás. Para el psiquiatra Gustav Jung, el temor religioso evita que caigamos en temores mayores y más dañinos, como sucede con las fobias, las neurosis y los desequilibrios mentales.

Una espiritualidad basada en el amor, puede abarcar desde el romanticismo de la vida diaria hasta la preocupación sincera por los demás. Amor en el Nuevo Testamento es ágape, que se ha traducido igualmente por caridad. También es uno de los nombres que da Pablo a la Eucaristía. Desde la gratitud con la naturaleza, el sol de la mañana, que ni científicamente puede calcularse su duración, el canto de las aves, la amistad, la familia, el agua fresca hasta la oportunidad de ayudar a alguien pueden tomarse como signos de amor. Ver lo extraordinario en lo ordinario, como buena definición de milagro para el creyente, nos permitiría llevar un diario de milagros de cada día: el milagro de la vida, dar gracias (oración judía) a Dios porque nos ha hecho el milagro de devolvernos el alma, el milagro del oloroso café del desayuno, el milagro del pan que da la tierra, el milagro de que deseemos ser santos , el milagro de ser amado y de poder amar y a lo largo del día muchos más; hasta el milagro del reposo y la oración vespertina (examen de conciencia). La literatura apocalíptica, con su lenguaje macabro, es, sin embargo de optimismo. Las tragedias descritas no tocan al creyente. Su tónica es “levantar” la cabeza, animarse unos a otros porque llega la liberación; no angustiarse por el futuro basado en cálculos humanos sino puesto en manos de Dios. La espiritualidad del abandono en la Divina Providencia, del “sólo por hoy” de Teresa de Lisieux, forman parte de una visión cristiana basada en el amor. Daba como consejo para sobrellevar el sufrimiento: “Dios, —quien tanto nos ama, ya se preocupó lo suficiente cuando nos dejó en la tierra para sufrir nuestro tiempo de prueba—, no necesita que nos apresuremos constantemente a contarle nuestra infelicidad. Debemos comportarnos como si no nos diéramos cuenta”.

Decían los rabinos que Yahvéh lo puede todo, excepto hacer que el hombre lo amara. Eso a lo que no puede obligarnos, a pesar de ser la primera palabra del Decálogo o pacto del Sinaí, lo expresa Jesús de manera sorprendente: no hay manera de que nos deje de amar. Quisiera que igual sucediera con nosotros, pero no para amarlo a él, sino a los hermanos. Bien lo dice Juan: «Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros» (1 Jn 4:11). Cuando esperaríamos que la obligación es responder al amor de Dios amándolo (como hace Agustín) nos dice que la única respuesta válida es amar a los demás. ¿Qué espacio queda para el temor?