Marzo 25, 2018: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Y Jesús montó. Muchos tendían sus capas por el camino, y otros, ramas que habían cortado en el campo. Y tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban: “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Marcos 11, 1-10).

La Semana Santa o Semana Mayor de la liturgia católica comienza con el Domingo de Ramos. En este año, la lectura bíblica que antecede a la bendición de los ramos antes de la Misa para conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén, es tomada del Evangelio según san Marcos (11, 1-10), y en la Misa se toma de este mismo evangelista el relato de la pasión (Marcos 14, 1-15, 47), precedido de la profecía de Isaías (50, 4-7), el Salmo 22 (21) y la carta de san Pablo a los Filipenses (2, 6-11). Centremos nuestra reflexión en tres temas que encontramos en los textos mencionados del Evangelio según san Marcos.

1. “¡Hosanna...! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Marcos 11, 9)
La palabra hosanna, tomada del hebreo, quiere decir sálvanos ahora, y se emplea como un saludo de aclamación. Pero este saludo, al ser dirigido a Jesús, no es el que se solía dar a los reyes, emperadores o jefes militares que entraban triunfantes a las ciudades después de haber derrotado a los enemigos en una batalla. Al contrario. Jesús, a quien las gentes sencillas aclaman como el Mesías Salvador descendiente del rey David, no entra arrogante como un guerrero sobre un carro tirado por caballos, sino manso y humilde sobre un asno.

El Reino que ha anunciado es distinto de los de este mundo, y esto es lo que va a manifestarse en el proceso de su pasión y muerte, que culminará con el acontecimiento pascual de su resurrección, no como un hecho espectacular sino como una experiencia espiritual que sólo viven quienes se abren con fe a la revelación de Dios.

2. “Tomen, esto es mi cuerpo... Esto es mi sangre, con la que se confirma la alianza, sangre que es derramada a favor de muchos” (Marcos 14, 22-24)
El relato de la pasión del Evangelio según San Marcos nos presenta, en la cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos la noche del primer jueves santo, la institución de la Eucaristía como memorial del sacrificio redentor de Cristo, que entrega su cuerpo y su sangre para darnos vida eterna.

Cada vez que participamos activamente en la santa Misa, se actualiza para nosotros y para toda la humanidad el acontecimiento de su misterio pascual: su pasión, muerte y resurrección. En este sentido, la Eucaristía es “el sacramento de nuestra fe” en el que anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y expresamos nuestra esperanza en su venida gloriosa a nosotros. Y también es el sacramento del amor: en Jesucristo, Dios hecho hombre que ofrece como sacrificio su cuerpo y su sangre, es decir, su propia vida, y nos alimenta con ella en la comunión, se nos ha revelado plenamente el Dios verdadero que es Amor y que nos invita a realzar en nuestra vida lo que este sacramento significa.

3. “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15, 39)
Estas palabras del militar romano al culminar el acontecimiento de la pasión y muerte de Jesús en la cruz, contrastan con las del Salmo que Jesús acaba de hacer suya antes de morir, manifestando así su anonadamiento total: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. También nosotros proclamamos de manera especial nuestro reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios cuando nos santiguamos con el signo de la santa cruz, con el cual expresamos nuestra identidad como seguidores de Cristo. El título “Hijo de Dios” se aplica a Jesús para indicar que se le reconoce como Dios. Lo mismo ocurre con el término “Señor”, que encontramos constantemente en el Nuevo Testamento, como por ejemplo en la primera lectura de la misa de este domingo, cuando el apóstol san Pablo dice que Aquél que se despojó de la gloria de su divinidad para humillarse hasta la muerte de cruz -propia de los esclavos- como consecuencia de su solidaridad con las víctimas de la injusticia y la violencia, fue exaltado con el nombre de “Señor” del universo. Todo lo contrario, por otra parte, a lo que ha venido sucediendo desde los comienzos de la humanidad, cuando el ser humano cae en la tentación de la soberbia, desconociendo su condición de creatura de Dios.

Quienes creemos en Jesucristo como Hijo de Dios y Señor del universo, reconocemos que en Él se cumplen las profecías de los cuatro cantos o poemas del “Servidor de Yahvé” (Yahvé es el nombre de Dios en hebreo, con el cual se reveló a Moisés), escritos hace unos veinticinco siglos y que encontramos en el libro de Isaías. En el segundo poema, que corresponde a la primera lectura de la Misa de este domingo, el Servidor de Yahvé dice: “Yahvé me ha instruido para que yo consuele a los cansados con palabras de aliento” (Is 50, 4).

Conclusión
Dispongámonos a celebrar esta Semana Santa con una fe tal que nos impulse a identificarnos con Jesús, en quien se nos revela el mismo Dios que se solidariza hasta las últimas consecuencias con el dolor humano, con todos los que están cansados de sufrir la injusticia y la violencia. Aclamémoslo no sólo como el que viene en el nombre del Señor, sino también como el que tiene ese mismo título por haber entregado su vida para salvarnos a todos y hacernos hijos de Dios. Y renovemos nuestro compromiso de vivir de acuerdo con su ejemplo de Amor infinito significado en la santa cruz, que es el único camino para lograr la reconciliación y la paz en nuestra vida personal y social.