Mayo 31: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Mayo 31: Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

1ª Lectura. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería. Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos, preguntaban: “¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que cada uno de nosotros los oye hablar en la propia lengua nativa? Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopotamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y todos los oímos hablar de las maravillas de Dios, cada uno en la propia lengua”. (Hechos de los Apóstoles 2, 1-11)

2ª Lectura. Nadie puede decir «Jesús es Señor», si no es bajo la acción del Espíritu Santo. Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo. Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todo hemos bebido de un solo Espíritu. (1ª Corintios 12, 3b-7. 12-13)

Evangelio. Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los discípulos en su casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «La paz esté con ustedes». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «La paz esté con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envió yo». Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». (Juan 20, 19-23)

Con el nombre de Pentecostés, que en griego significa el día número cincuenta, se celebraba antiguamente cada año el fin de la cosecha del trigo y la cebada. Era la fiesta de las 7 Semanas, en la que después de la recolección se hacía la ofrenda de los primeros frutos. Los hebreos le dieron además un significado histórico al conmemorar la promulgación de la Ley de Dios en el monte Sinaí, 50 días después de la Pascua que evocaba su liberación de la esclavitud en Egipto. Para nosotros es la fiesta del Espíritu Santo. El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que, 50 días después de la Pascua, los 12 apóstoles -incluido san Matías, quien remplazó a Judas Iscariote- y otros discípulos y discípulas de Jesús, reunidos en oración con María, la madre de Jesús (Hechos 1, 14-26), recibieron el Espíritu Santo. Pero ¿qué es el Espíritu Santo y qué significa para nuestra vida?

 

1. El Espíritu Santo es el aliento de Dios “dador de vida”

El primer relato bíblico de la creación (Gn 1, 2) dice que en el principio un viento de Dios se movía (“aleteaba”) sobre las aguas, y el segundo (Gn 2, 7) dice que Yahvé Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida. En los Hechos de los Apóstoles se habla de un viento fuerte y unas como lenguas de fuego; el Salmo 104 (103) se refiere al aliento de Dios dador de vida, y el Evangelio al soplo de Jesús resucitado sobre sus apóstoles, que con su Espíritu les da el poder de perdonar los pecados. En la Biblia encontramos por lo menos 7 símbolos del Espíritu Santo:  

1. El viento, soplo o aliento (en hebreo “ruah”, en griego “pneuma”) dador de vida, es lo que significa la palabra “espíritu”.

2. La palabra ruah, de género femenino, es significativa al expresar la ternura maternal divina que obra en la creación.

3. El fuego significa la energía divina que transforma, dinamiza, da luz y calor a la creación, purificándola del mal.

4. El agua, signo de vida, expresa el nuevo nacimiento realizado en el Bautismo.

5. El vino se relaciona con el gozo que produce la presencia de Dios. En Pentecostés, el gozo causado por el Espíritu Santo en los discípulos de Jesús fue tan grande, que quienes no entendían lo que pasaba pensaron que estaban borrachos.

6. El óleo significa fortaleza y se emplea en varios sacramentos (Bautismo, Confirmación, Orden, Unción de Enfermos).

7. La paloma, que llega con una rama de olivo una vez concluido el diluvio (Gn 8, 11), y que se posa sobre Jesús al ser bautizado en el río Jordán (Jn 1, 32), evoca al Espíritu que “aleteaba” sobre las aguas, iniciando una nueva creación. De este símbolo se deriva la imposición de las manos, abiertas y unidas por los pulgares representando a un ave con las alas desplegadas y expresando así la comunicación del Espíritu Santo.

 

2. El Espíritu Santo hace posible la comunicación gracias al lenguaje del amor

En Pentecostés celebramos el paso de la incomunicación a la comunicación. Cuando la intención es la dominación opresora de unos sobre otros, como ocurrió cuando la soberbia humana quiso construir la torre de Babel, sucede la incomunicación (Gén 11,1-9); pero cuando la intención es compartir construyendo una auténtica comunidad de hermanos, por obra del Espíritu Santo se produce la verdadera comunicación, porque el lenguaje del amor es comprensible por todos, no obstante la diversidad de lenguas y culturas (Hechos 2, 1-11). Y en este tiempo de aislamiento físico que estamos viviendo a causa de la pandemia, es necesario que el Espíritu Santo nos impulse para que hablemos el lenguaje del amor en su sentido más profundo: el de la solidaridad con los más pobres y necesitados, que fue lo que manifestó la primera comunidad de los seguidores de Jesucristo.

 

3. El Espíritu Santo hace posibles el nacimiento y el desarrollo de la Iglesia

Pentecostés es la fiesta del nacimiento de la Iglesia por obra y gracia del Espíritu Santo, que les dio a los primeros discípulos de Jesús la luz y la energía necesarias para cumplir su misión de proclamar la Buena Noticia de Jesús “a todas las gentes”. Y es por lo mismo el nacimiento del Cuerpo Místico de Cristo, compuesto por muchos miembros y animado por el Espíritu Santo del que provienen, como dice san Pablo en la segunda lectura, los dones o “carismas” para los servicios o ministerios que el Señor asigna a cada bautizado o bautizada según su vocación y misión. Pero en general los dones del Espíritu Santo, que son básicamente siete, están disponibles para toda persona que quiera pedirlos. Por lo tanto, unidos como los primeros discípulos en oración con María, la madre de Jesús, digamos:

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles, enciende en ellos el fuego de tu amor y concédenos tus 7 dones:

  1. Sabiduría para conocer la voluntad de Dios a través de un auténtico discernimiento, y tomar las decisiones correctas.
  2. Entendimiento para saber interpretar y comprender el sentido de la palabra de Dios y de su acción en nuestra vida.
  3. Ciencia para poder descubrir lo que Dios nos comunica en las cosas, en las personas y en los acontecimientos,
  4. Consejo para orientar a otros cuando nos lo solicitan o necesitan de nuestra ayuda.
  5. Fortaleza para luchar sin desanimarnos a pesar de los problemas y las dificultades.
  6. Piedad para reconocernos hijos de Dios y hermanos entre nosotros, y obrar en consecuencia con este reconocimiento.
  7. Respeto a Dios, evitando las ocasiones de pecado para cumplir a cabalidad sus mandamientos.

Todo esto te lo pedimos en nombre de nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.