Febrero 3, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Y decían: “¿No es éste el hijo de José?”- Jesús les dijo: “Sin duda me recitarán aquel refrán: ‘Médico, cúrate a ti mismo; haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaúm’. Y añadió: “Les aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”.

“En Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses, y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado, más que Naamán, el sirio”.

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó. (Lucas 4, 21-30).

Este relato es la continuación del correspondiente al domingo pasado, en el cual, con base en el libro profético de Isaías, Jesús se presentaba ante sus coterráneos como el Mesías, es decir, el ungido enviado por Dios para darles una “buena noticia” de liberación a los pobres y oprimidos.

1. “¿No es éste el hijo de José?”

Esta pregunta, que aparece varias veces en los Evangelios, corresponde a la incredulidad de quienes habían visto crecer a Jesús en Nazaret como “el hijo del carpintero”, que había mantenido antes entre sus vecinos lo que hoy diríamos “un bajo perfil” y ahora se presentaba nada menos que como el mismo Mesías prometido por los profetas bíblicos.

Es curioso el contraste entre la actitud inicial y el comportamiento final de quienes escuchaban a Jesús. Primero, “todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”, y luego, cuando Jesús les dice lo que les incomoda, reaccionan contra él: “Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera hasta un barranco (…) con intención de despeñarlo”. La razón de este contraste parece ser la exigencia que le hacían de señales prodigiosas para creer, cuando el orden debido es al revés: es la disposición de fe la que hace posible experimentar la acción milagrosa del Señor.

Algo parecido puede suceder entre nosotros. No basta aceptar intelectualmente la palabra de Dios. Necesitamos tener fe para ponernos humildemente en sus manos, sin exigirle que demuestre su poder como si fuera un mago espectacular. Ese no es el verdadero poder de Dios. Su verdadero poder es el del amor, un amor tal como lo describe la 1ª Carta de Pablo a los Corintios (12,31 – 13,13), en cuyo texto podemos cambiar la palabra “amor” por la palabra “Dios” y su sentido sigue siendo el mismo, precisamente porque Dios es Amor.

2. “Les aseguro que ningún profeta es bien mirado en su tierra”

Esta aseveración de Jesús, a la que alude el proverbio popular actual “nadie es profeta en su tierra”, expresa una realidad continuamente verificable en la vida cotidiana. No resulta fácil para quienes han visto crecer a alguien y conocido su familia, todavía menos si es pobre y humilde, reconocer después en esa persona algo más de lo que se supone que debería ser por su origen. No pueden ver más allá de sus prejuicios. Y lo mismo suele ocurrir en la actualidad: los prejuicios impiden reconocer lo que son en verdad las personas.

Por otra parte, Jesús, presentándose a sí mismo como un profeta, es decir, como quien habla en nombre de Dios (que es lo que significa este término), evoca a dos profetas bíblicos conocidos por lo que se cuenta de ellos en los libros I y II de los Reyes: Elías y su discípulo Eliseo, quienes vivieron en el siglo VIII antes de Cristo y fueron rechazados por sus coterráneos porque su mensaje les resultaba incómodo, pues se habían opuesto a la idolatría que pretendía poner la divinidad al servicio de intereses egoístas de poder terrenal, lo cual llevaba inevitablemente a situaciones de injusticia social. Aquellos dos profetas habían invitado a los habitantes de Israel a creer en el Dios único creador del universo, que no abandona a sus hijos que confían en él y ajustan su comportamiento a las exigencias de justicia y de opción por los oprimidos que exige esa misma fe. Sin embargo, mientras sus propios paisanos los rechazaban, los extranjeros que sí se reconocían necesitados de salvación acogían sus enseñanzas, y por eso pudieron experimentar en sus vidas la acción amorosa y transformadora de Dios.

La primera lectura de este domingo, tomada del libro de Jeremías (1, 4-5-17-19), nos presenta la vocación o llamamiento que recibió este otro profeta de parte de Dios para cumplir con una misión que ciertamente no sería fácil de realizar, sino que encontraría resistencias e incomprensiones, y en este sentido tanto Jeremías como los demás profetas del Antiguo Testamento son prefiguraciones de lo que iba a suceder con Jesús.

3. Jesús se abrió paso entre ellos y se alejó

Este desenlace del relato del Evangelio nos pone de presente la autoridad de Jesús, distinta del falso poder de los milagreros o magos tipo “showmen”, obradores de prodigios espectaculares. Una de las características de Jesús es su libertad frente a quienes lo criticaban, concretamente los líderes religiosos de aquel tiempo, los engreídos doctores de la Ley, que seguramente fueron quienes azuzaron a sus coterráneos de Nazaret para llevarlo al despeñadero, como azuzarían al pueblo en Jerusalén unos tres años más tarde para hacerlo condenar a la muerte de cruz.

Jesús, en efecto, iba a entregar su vida como consecuencia del rechazo de quienes se oponían a sus enseñanzas, pero lo iba a hacer con plena libertad, en el momento en que él lo decidiera. Esto es lo que parece querer mostrar el evangelista. Con este ejemplo de libertad, Jesús nos invita a no dejarnos llevar por la búsqueda de una aceptación de los demás renunciando a nuestros principios y convicciones, a nuestros deberes éticos y a las implicaciones de confrontación que muchas veces nos exige la misión que cada quien tiene que cumplir en la vida. Pidámosle entonces al Señor que nos dé siempre la energía del Espíritu Santo para afirmar nuestros valores y asumir nuestros deberes con valentía, hasta las últimas consecuencias´