Febrero 24, 2019: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, déjale que se lleve también tu camisa. A cualquiera que te pida algo, dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes.

Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así. Y si dan prestado sólo a aquellos de quienes piensan recibir algo, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores se prestan unos a otros, esperando recibir unos de otros.

Ustedes deben amar a sus enemigos, y hacer el bien, y dar prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa, y ustedes serán hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. Sean ustedes misericordiosos, como también su Padre es misericordioso. No juzguen a otros, y Dios no los juzgará a ustedes. No condenen a otros, y Dios no los condenará a ustedes. Perdonen, y Dios los perdonará. Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, apretada, sacudida y repleta. La misma medida con que ustedes den a otros, será empleada con ustedes” (Lucas 6, 27-38).

1. La “Regla de Oro”
Cuando Jesús dijo “Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes”, ¿estaba enseñando algo nuevo u original? De hecho, desde mucho antes existían expresiones de lo que se ha llamado la “Regla de Oro” de las relaciones humanas.

- A Pitaco de Mitilene (650-570 a.C.), uno de los “siete sabios” de Grecia anteriores a Sócrates, se le atribuye esta frase: “No hagas a tu vecino lo que no pudieras sufrir tú mismo”.
- Del sabio chino Confucio (551-479 a.C.), según los escritos compilados con el título “Analecta”, proviene otra frase similar: “Lo que no deseas que otros te hagan a ti, no lo hagas a los demás”.
- El budismo, cuyos orígenes datan del siglo V a.C.., plantea en el Udana Varga una máxima similar: No dañes a otros con lo que pudiera dolerte a ti mismo.
- En el libro Mahabharata (siglo IV a.C.), el hinduismo proclama: Esta es la suma del deber: no hagas nada a otros que, si te lo hicieran a ti, te pudiera causar dolor.
- Las tradiciones judías del Talmud enseñaban: Lo que es odioso para ti, no lo hagas a tu prójimo. Esta es toda la ley; el resto es comentario. Y así lo dice un pasaje del Antiguo Testamento (Tobías 4,15 - hacia el siglo II a.C.): Lo que no quieras que te hagan, no se lo hagas a los demás//.

Pero lo que Jesús enseña va más allá de lo que estas antiguas expresiones manifestaban. Todas ellas se referían a no hacer el mal, en cambio la doctrina de Jesús invita a hacer el bien, en positivo, como lo diría después en el Corán la religión musulmana, surgida en el siglo VII d.C.: “Ninguno de ustedes es creyente hasta que desea para su hermano lo que desea para sí mismo”. Más aún, la doctrina de Jesús nos invita a ir en contra de la máxima popular “interés, cuánto valés”, es decir a obrar con generosidad, sin esperar recompensa.

Y si bien en el Antiguo Testamento se dice “ama a tu prójimo como a ti mismo” y “no hagan sufrir al extranjero que viva entre ustedes, trátenlo como a uno de ustedes, ámenlo, pues es como uno de ustedes, porque también ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Levítico 19, 18.33-34, escrito entre los siglos VI y IV a.C.), estas prescripciones no se referían propiamente a los enemigos o a quienes han causado ofensas. Pero Jesús nos invita a amar precisamente a los que nos han ofendido, y por eso mismo nos enseña a orar diciendo “Padre nuestro -de todos, incluso de ellos también-, perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Y esta enseñanza la sella con su ejemplo, cuando pide en el Calvario por quienes lo están crucificando: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).

2. Misericordiosos como Dios Padre
El término misericordia proviene de los vocablos latinos miser (miserable, desdichado) y cor (corazón), significando la capacidad de sentir de corazón la miseria o desdicha de alguien. Tiene que ver así con la compasión (com-padecer es padecer conjuntamente con otro u otros), pero explicitando que esa actitud se dirige específicamente a quienes experimentan la desdicha o la desgracia.

El Evangelio según san Mateo (5, 48) evoca en el Sermón de la Montaña una frase con la que Jesús culmina su exhortación a amar a los enemigos y orar por ellos: Sean ustedes perfectos, como su Padre que está en el cielo es perfecto. Lucas, en el pasaje evangélico de este domingo, termina la misma exhortación con la frase de Jesús “sean ustedes misericordiosos, como su Padre es misericordioso”.

Esto quiere decir entonces que la perfección de Dios es justamente su misericordia, y es a esa misma perfección de Dios, que es Amor, como lo diría luego el apóstol y evangelista Juan en su primera carta (1 Jn 4,8-16), a la que nos invita Jesús, no sólo de palabra, sino con su propio ejemplo. Él es, como nos lo recordó el papa Francisco al convocarnos para la celebración en 1916 del Año Jubilar de la Misericordia, “el rostro de la misericordia del Padre” (Misericordiae Vultus, 2015, No. 1).

3. Con la misma medida que usemos para los demás seremos tratados por Dios
Termina el pasaje del Evangelio de este domingo con la frase de Jesús “La misma medida con que ustedes den a otros, será empleada con ustedes”. Es, ni más ni menos, una referencia a lo que realmente cuenta para Dios en nuestro comportamiento. Y en este mismo sentido, es el criterio con el cual será definido nuestro destino eterno. En el Evangelio según san Mateo (25, 31-46), la última parábola del juicio final tiene como centro este mismo criterio: todo lo que hayamos hecho o dejado de hacer con respecto a los demás, lo habremos hecho o dejado de hacer con respecto al mismo Dios. Tal es el sentido, en definitiva, de lo que nos dice hoy Jesús en el Evangelio según san Lucas: en la medida en que demos, recibiremos, pues, como diría siglos después San Juan de la Cruz (1542-1591), “al atardecer de nuestra vida, seremos juzgados en el amor”.

Pidámosle pues a Jesús, invocando para ello la intercesión de María santísima, que nos llene de su Espíritu Santo para que podamos seguirlo de verdad llevando a la práctica sus enseñanzas, que como Él mismo nos lo dijo y nos dio ejemplo de ello con su propia vida, se compendian en el amor misericordioso, sin límites ni fronteras.