Agosto 23, 2015: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

Después de oír las palabras de Jesús sobre el pan de vida, muchos de sus discípulos dijeron: “¡Qué enseñanza tan difícil! ¿Quién puede entenderla?” Jesús, sabiendo que sus discípulos criticaban sus palabras, les dijo: “¿Esto les hace tropezar en la fe? ¿Y cuando vean al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es el que da vida, la sola carne no sirve para nada. Las palabras que yo les he hablado son espíritu y vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”.

Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién lo iba a traicionar. Entonces añadió: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí si mi Padre no se lo concede”. Desde ese momento, muchos de sus discípulos lo abandonaron y no siguieron con él. Entonces les dijo a los doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le contestó: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna! Nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios”. (Juan 6, 60-69).

Hoy el Evangelio nos presenta el final del Discurso del Pan de Vida pronunciado por Jesús después de la multiplicación de los panes. Centrémonos en tres frases de este texto evangélico y tratemos de aplicarlas a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas de hoy [Josué 24, 1-2ª.1-17. 18b; Salmo 34 (33); Efesios 5, 21-32].

1.- “Qué enseñanza tan difícil…”

Lo primero que conviene resaltar es la reacción de muchos de los que oyen el discurso de Jesús, porque su enseñanza es “difícil”. La tentación del facilismo es también una tentación actual. Como en aquél tiempo, igualmente hoy es frecuente ver cómo muchos pierden la fe porque les parece difícil lo que implica asumirla y vivirla. Y esta tentación nos puede sobrevenir también a nosotros, si nos descuidamos. La fe supone y exige un esfuerzo no solamente para comprender las realidades trascendentes, sino asimismo para llevar a la práctica el compromiso que la misma fe implica.

Vivir de acuerdo con nuestra fe en Jesucristo, a quien reconocemos como la Palabra de Dios hecha carne, implica la exigencia de una decisión tajante. “Escojan hoy a quién servir”, le dice al pueblo Josué, a quien le correspondió dirigir la entrada de los hebreos en la tierra prometida después de la muerte de Moisés. Esta elección a veces se torna difícil, pues la opción por el Dios verdadero supone y exige renunciar a nuestros ídolos, a nuestros apegos a lo material.

2.- “El Espíritu es el que da vida; la sola carne no sirve para nada”

Muchos de los que oían a Jesús no entendieron ni aceptaron sus enseñanzas porque pensaban que lo de comer su carne y beber su sangre era una especie de acto caníbal. Se quedaban en la materialidad del signo y por eso no eran capaces de comprenderlo en su sentido espiritual trascendente.

San Justino, que había sido pagano, se había convertido a la fe cristiana y murió mártir en el año 165 d.C., refutó en sus "apologías" las falsas acusaciones de antropofagia que circulaban en contra de los cristianos porque se pensaba que comían carne y bebían sangre humana, pues el que presidía sus reuniones decía: "Tomen y coman: éste es mi cuerpo. Tomen y beban: ésta es mi sangre". Quienes así pensaban no entendían que el sacramento de la Eucaristía corresponde al plano espiritual, no al meramente material: El Espíritu es el que da vida, la sola carne no sirve para nada. Las palabras que yo les he hablado son espíritu y vida.

El Salmo 34 dice en una de sus estrofas que son los humildes los que pueden escuchar al Señor y alegrarse al oír su Palabra: “que los humildes lo escuchen y se alegren”. Para entender y vivir el sacramento de la Eucaristía, al cual se refiere el Discurso del Pan de Vida, es preciso que nos abramos con humildad y sencillez al don de la fe que nos llega por la acción del Espíritu Santo.

Es este mismo Espíritu, por obra y gracia del cual fue posible que la Palabra de Dios se hiciera carne en Jesús de Nazaret, el que nos hace posible creer en la presencia real de Cristo en las especias eucarísticas del pan y el vino consagrados, que son para nosotros su cuerpo y sangre gloriosos, es decir, su vida resucitada que nos alimenta espiritualmente en el camino hacia la felicidad eterna.

3.- “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”

Estas palabras del apóstol Pedro constituyen una oración que cada uno y cada una de nosotros puede hacer suya. En medio de las tentaciones a abandonar el camino del seguimiento de Jesús, en medio de las invitaciones a las distintas formas de idolatría que a menudo nos llegan de parte de un mundo que vive de espaldas a Dios y se queda encerrado en el culto a lo material, y ante el hecho de tantos que se resisten a acoger la Palabra de Dios o dejan de creer en ella y se van detrás de los falsos dioses, Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros lo mismo que a sus primeros discípulos: “¿También ustedes quieren irse?”.

Para responderle de la misma forma en que lo hizo Pedro -quien habla en el Evangelio como el discípulo y apóstol escogido por Jesús para ser después de su muerte y resurrección el máximo guía visible de la comunidad de fe que iba a ser su Iglesia-, tenemos que disponernos con humildad y sencillez a dejarnos llenar del Espíritu Santo, de modo que la Palabra de Dios hecha carne, el mismo Jesucristo que se nos da como alimento en la Eucaristía, nos transforme y haga realidad en cada uno y cada una de nosotros la vida eterna.