Febrero 21: Tiempo de conversión venciendo la tentación

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo el Espíritu impulsó a Jesús hacia el desierto. Allí estuvo cuarenta días viviendo entre las fieras y siendo tentado por Satanás, y los ángeles le servían. Y después de haber sido Juan (el Bautista) llevado a la cárcel, Jesús fue a Galilea a anunciar las buenas noticias de parte de Dios. Decía: “Ya se cumplió el plazo señalado, y el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en el Evangelio” (Marcos 1, 12-15).

Desde el “miércoles de ceniza”, con el signo de la ceniza y con la frase “conviértanse y crean en el Evangelio”, la misma con que, como acabamos de escuchar, Jesús inició su predicación, hemos sido exhortados a reorientarnos hacia Dios y renovar nuestra fe en su buena noticia de salvación. El Evangelio de hoy termina con la misma exhortación, y las tres lecturas bíblicas nos plantean tres temas de reflexión íntimamente relacionados entre sí: - La alianza del Creador con la humanidad (Génesis 9, 8-15). - Las tentaciones que tuvo Jesús para enseñarnos a vencerlas (Marcos 1, 12-13). - La renovación de la gracia que recibimos en el bautismo (1 Pedro 3, 18-22).

 

1. Dios quiere renovar su alianza con la humanidad invitando a sus hijos a convertirse

Los relatos simbólicos de los primeros nueve capítulos del libro del Génesis, desde la creación del universo y del ser humano, pasando por el “pecado original” y sus consecuencias inmediatas, hasta el diluvio del cual fueron salvados Noé con su familia y un resto de las demás criaturas, nos muestran a un Dios compasivo que no quiere la destrucción del ser humano sino su renovación. Para ello establece con Noé y sus descendientes -es decir, con toda la humanidad- un pacto cuyo signo es el arco iris.

Más adelante en el mismo libro del Génesis, Dios mismo insistirá en su voluntad inquebrantable de alianza con el ser humano al revelarse a los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob, y en los libros del Éxodo y del Deuteronomio al manifestársele al pueblo de Israel por medio de Moisés y con la promulgación de los diez mandamientos. Posteriormente, a través de los profetas, el Señor recordará el sentido de esa alianza que Él quiere mantener, buscando siempre caminos para el logro de una plena reconciliación de sus hijos con Él y entre sí, a partir de una conversión sincera de ellos. Así deberíamos también actuar nosotros: nunca darnos por vencidos en la búsqueda de una sociedad reconciliada, en la que se respete la vida y sepamos todos convivir como hermanos, hijos e hijas de un mismo Creador.

 

2. Jesús se enfrenta a la tentación para enseñarnos a vencer las fuerzas del mal

Después de ser proclamado como el “Hijo amado” de Dios en el bautismo recibido de Juan, y luego del encarcelamiento de éste por orden del rey Herodes, encontramos a Jesús en el desierto de Judea, dedicado a un retiro espiritual de 40 días. Este número 40, de donde se deriva el nombre de la “cuaresma”, que es el tiempo litúrgico iniciado el miércoles de ceniza, evoca los 40 años de la duración del diluvio según el libro del Génesis (7, 17), como también los 40 días que estuvo Moisés en el monte Sinaí comunicándose con Dios (Éxodo 24, 18), los 40 años que duró la peregrinación del pueblo hebreo por el desierto hacia la tierra prometida (Éxodo y Deuteronomio), y los 40 días de camino del profeta Elías por el mismo desierto hacia el monte Horeb -otro nombre del Sinaí- para encontrarse con Dios (1 Reyes 19, 8-14).

Los tres evangelistas que narran tanto el bautismo de Jesús como su retiro al desierto, (Marcos, Mateo y Lucas) indican que Jesús fue al desierto impulsado por el Espíritu. Lucas le agrega el adjetivo Santo. Fue un retiro motivado por el aliento de Dios, al que luego reconocería la Iglesia como la tercera persona de la Santísima Trinidad. Y es precisamente con el poder del mismo Espíritu Santo como Jesús vence la tentación que proviene de Satanás, palabra que significa adversario -en griego diábolos- y con la que es denominado en los Evangelios el poder del mal que se opone al Reino de Dios y pretende destruirlo.

El relato de Marcos es el más breve. No precisa explícitamente cómo fue tentado Jesús -como sí lo hacen Mateo y Lucas-, pero incluye un detalle significativo: estuvo “viviendo entre las fieras”. Así presenta a Jesús como un nuevo Adán, que triunfa sobre la tentación que llevó al hombre al pecado original: la del egoísmo, dejando de reconocerse como creatura para pretender “ser como Dios”. De hecho, Jesús no sólo fue tentado durante esos 40 días en el desierto. En toda su vida pública tuvo también que enfrentarse humanamente a la tentación de no cumplir con su misión. También nosotros, especialmente en este tiempo, somos invitados a dejarnos mover por el Espíritu Santo hacia espacios de desierto, de silencio interior para revisar a fondo nuestra vida y recibir la fuerza de Dios que nos permite vencer las tentaciones.

 

3. “El Reino de Dios está cerca: conviértanse y crean en la Buena Noticia”

Jesús proclamó la cercanía del Reino de Dios, es decir, del poder del Amor, disponible para nosotros si, dejándonos impulsar por el Espíritu Santo nos convertimos, es decir, si reorientamos nuestra existencia hacia Dios. Es Cristo mismo, quien “murió por nuestros pecados una vez para siempre (…) para conducirnos a Dios”, como dice la primera carta de Pedro en la segunda lectura, el que con la misma paciencia que Dios siempre ha tenido “desde los tiempos de Noé” para ofrecer a toda la humanidad su misericordia infinita, nos invita a dejarnos renovar por su Espíritu con la gracia que hemos recibido en nuestro bautismo.

Expresemos pues nuestra sincera voluntad de conversión dándole un sentido auténtico a la Cuaresma: revisando en qué tenemos que cambiar para reorientar nuestra existencia al cumplimiento de la voluntad de Dios (hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo), implorando su misericordia con la intención de ser también nosotros compasivos con los demás (perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos…) y pidiendo la fuerza de su Espíritu para vencer todo cuanto se oponga al plan de Dios en nuestra vida (no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal).