Marzo 28: ¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Cuando ya estaban cerca de Jerusalén, al aproximarse a los pueblos de Betfagé y Betania, desde el Monte de los Olivos Jesús envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: -Vayan a la aldea que está enfrente, y al entrar en ella encontrarán un burro atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo. Y si alguien les pregunta por qué lo hacen, díganle que el Señor lo necesita y que en seguida lo devolverá. Fueron, pues, y encontraron el burro atado en la calle, junto a una puerta, y lo desataron. Algunos que estaban allí les preguntaron: ¿Qué hacen ustedes? ¿Por qué desatan el burro? Ellos contestaron lo que Jesús les había dicho; y los dejaron ir. Pusieron entonces sus capas sobre el burro, y se lo llevaron a Jesús. Y Jesús montó. Muchos tendían sus capas por el camino, y otros tendían ramas que habían cortado en el campo. Y tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban: -¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el reino que viene, el reino de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas! (Marcos 11, 1-10). 

Esta lectura que precede a la bendición de los ramos para conmemorar la entrada de Jesús en Jerusalén, es tomada del Evangelio de Marcos (11, 1-10), como también lo es más adelante en la Eucaristía el relato de la Pasión (Marcos 14,1 -15,47), precedido de la profecía de Isaías (50, 4-7), el Salmo 22 (21) y la carta de Pablo a los Filipenses (2, 6-11). Centremos nuestra reflexión en tres frases del Evangelio:

 

1. “¡Hosanna...! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!” (Marcos 11, 9) 

La palabra hosanna, de origen hebreo, significa salud. Puede ser empleada como expresión de saludo o aclamación, o también como petición de salvación. Aparece en distintos pasajes de la Biblia, como el Salmo 118, por ejemplo: “Te rogamos, oh Señor, hosanna [sálvanos ahora]” (118, 25). Jesús, a quien las gentes sencillas aclaman cuando entra a Jerusalén, no entra arrogante como un guerrero sobre un carro tirado por caballos, sino manso y humilde sobre un asno. El Reino que Él ha anunciado es distinto de los poderes de este mundo y esto es lo que va a manifestarse en el proceso de su pasión y muerte, que culminará con el acontecimiento de su resurrección, no como un hecho espectacular sino como una experiencia espiritual que sólo viven quienes se abren con fe a la revelación de Dios.

 

2. “Esto es mi cuerpo […] Esto es mi sangre […] derramada a favor de muchos” (Marcos 14, 22-24) 

El relato de la pasión nos presenta, en la cena pascual que Jesús celebra con sus discípulos, la institución de la Eucaristía como memorial de su sacrificio redentor al entregar su cuerpo y su sangre para darnos vida eterna. Cada vez que participamos activamente en ella, se actualiza para nosotros y para toda la humanidad el acontecimiento de su misterio pascual: su pasión, muerte y resurrección. 

En este sentido, la Eucaristía es el sacramento de nuestra fe, signo de la acción salvadora de Dios por medio de Jesús, de quien anunciamos su muerte, proclamamos su resurrección y expresamos nuestra esperanza en su venida gloriosa. Y también es el sacramento del amor: en Jesucristo, Dios hecho hombre que ofrece como sacrificio su cuerpo y su sangre, es decir, su propia vida y nos alimenta con ella, se nos ha revelado plenamente Dios que es Amor y que nos invita a realizar lo que este sacramento significa.

 

3. “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15, 39) 

Estas palabras del soldado romano al pie de la cruz contrastan con las del Salmo 22 que Jesús acaba de hacer suyas antes de morir, manifestando así su anonadamiento total: “¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. También nosotros proclamamos de manera especial nuestro reconocimiento de Jesús como el Hijo de Dios cuando nos santiguamos con el signo de la santa cruz, con el cual expresamos nuestra identidad como sus seguidores. 

El título Hijo de Dios se aplica a Jesús para indicar que se le reconoce como Dios. Lo mismo ocurre con el término Señor, que encontramos constantemente en el Nuevo Testamento, por ejemplo, en la segunda lectura de hoy cuando el apóstol san Pablo dice que Aquél que se despojó de la gloria de su divinidad para humillarse hasta la muerte de cruz –propia de los esclavos– como consecuencia de su solidaridad con las víctimas de la injusticia y la violencia fue exaltado con el nombre de “Señor” del universo. Todo lo contrario de lo sucedido en los orígenes –y que sigue sucediendo hoy–, cuando el ser humano cae en la tentación de la soberbia, desconociendo su condición de creatura y queriéndose igualar a Dios. 

Quienes creemos en Jesús como Hijo de Dios y Señor del universo, reconocemos que en Él se cumplen las profecías de los cuatro cantos o poemas del Servidor de Yahvé (Yahvé en hebreo es el nombre con el cual Dios se le había revelado a Moisés). Estos poemas, que encontramos en el libro de Isaías, fueron escritos hace unos veinticinco siglos y en el segundo, que corresponde a la primera lectura de la Eucaristía de hoy, el Servidor de Yahvé dice: Yahvé me ha instruido para que yo consuele a los cansados con palabras de aliento (Is 50, 4). En este tiempo que nos está tocando vivir, cuando ya desde hace poco más de un año la humanidad se encuentra agobiada por el peso de la pandemia, dejemos que estas palabras lleguen al fondo de nuestros corazones y nos sirvan para renovar nuestra fe y nuestra esperanza en Aquél que nos alienta para continuar el camino de esta vida sin dejarnos vencer por el pesimismo.      

 

Conclusión

Finalmente, dispongámonos a celebrar esta Semana Santa con una fe tal que nos impulse a identificarnos con Jesús, en quien se nos revela el mismo Dios que se solidariza hasta las últimas consecuencias con el dolor humano, con todos los que están cansados de sufrir, no sólo los padecimientos físicos o emocionales propios de la naturaleza humana, sino también los de la injusticia y la violencia. 

Aclamémoslo no sólo como el que viene en el nombre del Señor, sino también como el que tiene ese mismo título por haber entregado su vida para salvarnos a todos y hacer de nosotros hijos de Dios como Él. Renovemos nuestro compromiso de vivir de acuerdo con su ejemplo de Amor infinito significado en la cruz, que es el único camino para lograr la reconciliación y la paz en nuestra vida personal y social. Y pidámosle a María santísima, cuya disponibilidad para cumplir la voluntad de Dios hemos celebrado hace tres días en la solemnidad de la Anunciación del Señor, que interceda por nosotros para que nuestro corazón sea cada día más semejante al de su Hijo Jesús.