Septiembre 26: Contra el fanatismo, el escándalo y las ocasiones de pecado

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

Cuando estaban en Cafarnaúm, Juan le dijo a Jesús: -Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y tratamos de impedírselo, porque no venía con nosotros. Pero Jesús dijo: -No se lo impidan, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros. Todo aquel que les dé de beber a ustedes un vaso de agua por el hecho de que son de Cristo, les aseguro que no perderá su recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de estas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano derecha te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la Gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la Gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que con los dos ojos ser arrojado a la Gehenna, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga” (Marcos 9, 38-48).

El Evangelio de hoy nos presenta una conversación de Jesús con sus discípulos en la ciudad pesquera de Cafarnaúm junto al Lago de Genesaret, luego de recorrer la región de Galilea, al norte de Israel. Después de haberles anunciado por segunda vez su pasión, muerte y resurrección, Jesús los instruye sobre varios temas. Veamos cómo podemos aplicar estas instrucciones a nuestra vida, teniendo en cuenta también las otras lecturas bíblicas [Números 11, 25-29; Salmo 19 (18), 8-14; Santiago 5, 1-6].

 

1. El nombre de Jesús no es propiedad exclusiva de nadie

La primera enseñanza que nos trae el Evangelio de hoy constituye un rechazo a todo intento de apropiación exclusiva del nombre de Jesús. Este nombre, cuyo significado originariamente en hebreo es Yahveh salva –o sea “Yo soy el que salva”–, designa la misión del Mesías (término de origen hebreo que en griego se traduce como Cristo y significa Ungido), reconocido como tal poco antes por Simón Pedro. La respuesta de Jesús a la pregunta de Juan coincide con lo que doce siglos antes, según lo que cuenta en la primera lectura el libro de los Números, le había respondido Moisés a alguien que le dijo que otros estaban profetizando –es decir, hablando en nombre de Dios– y le pidió que les prohibiera hacerlo. Y Moisés le contestó: “Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara porque Yahveh les daba su espíritu”. 

Jesús no fundó una religión excluyente. En este sentido, resalta la frase con la que termina su respuesta a Juan: “el que no está contra nosotros, está por nosotros”. Lejos de Jesús está, y por tanto lejos también debe estar de sus seguidores, cualquier tipo de discriminación que impida a los demás invocar su nombre y ser instrumentos o también beneficiarios de la salvación obrada por Dios. Esta reflexión es muy importante, justamente en estos tiempos de fanatismos religiosos beligerantes.

 

2. Escandalizar a los pequeños: un crimen que clama al cielo 

En nuestro lenguaje el término “escándalo” suele usarse como sinónimo de gritería, pero en su origen designa la piedra de tropiezo, y por eso Jesús en el Evangelio (Marcos 9, 38-48) usa el verbo “escandalizar” para referirse al hecho de hacer caer a otros. Es significativa en este sentido la relación entre la piedra de tropiezo y la “gran piedra de molino”, atado a la cual dice Jesús que debería ser echado al mar todo aquel que escandalice a los “pequeños”. En el pasaje evangélico del domingo pasado, cinco versículos antes, Jesús había puesto un niño en medio de sus discípulos y lo había tomado en sus brazos para darles una enseñanza. En este mismo contexto se refiere al escándalo que se comete con respecto a los menores e indefensos como un crimen merecedor del peor castigo.

El escándalo al que se refiere Jesús tiene que ver con el maltrato a menores, cuyos responsables –que no son sólo gente del clero sino también laicos y laicas, no sólo célibes o solteros sino también casados o convivientes en pareja, y no sólo de la religión católica sino también de otras confesiones religiosas, así como no creyentes–, deben ser denunciados y castigados: los abusadores y corruptores, y en general quienes se aprovechan de seres vulnerables para inducirlos a conductas impropias de la dignidad humana. Y esto puede aplicarse tanto a los abusadores sexuales como a quienes reclutan niños y niñas para el microtráfico, o para armarlos y dedicarlos a la violencia.

 

3. La radicalidad del Evangelio: evitar toda ocasión de pecado

La última parte del pasaje evangélico de hoy nos trae unas palabras de Jesús que, si las interpretamos literalmente, irían contra el derecho que todo ser humano tiene a su integridad física. Por eso hay que tomarlas en su sentido simbólico, como una exhortación a poner todos los medios que estén de nuestra parte para evitar el pecado. El término Gehenna es una derivación del nombre hebreo Gehinnom, que se le daba a un quemadero de basura situado en el valle de Hinnom, cerca de Jerusalén, y que se aplicaba simbólicamente al castigo reservado para los criminales. Jesús lo emplea para referirse no propiamente a un lugar físico, sino al estado de sufrimiento eterno de quienes hayan optado por vivir lejos de Dios, es decir, lejos del Amor, encerrados en sus egoísmos y empecinados en sus conductas violentas o agresoras.

A la Gehenna se opone “la Vida”, identificada por Jesús con el “Reino de Dios”. Este Reino consiste en el poder de la presencia amorosa del Señor que da vida eterna a toda persona que, poniendo todo cuanto esté de su parte, acoge sus enseñanzas obrando la verdadera justicia, consistente en respetar la dignidad y los derechos de los demás. Pidámosle pues, invocando la intercesión de María santísima y de todos los santos, que nos ayude a poner en práctica sus enseñanzas, evitando el fanatismo discriminador, el escándalo corruptor y todas las ocasiones de pecado.