Diciembre 8: Fiesta de la Inmaculada Concepción de María

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Por: Gabriel Jaime Pérez, SJ

En aquel tiempo, Dios mandó al ángel Gabriel a un pueblo de Galilea llamado Nazaret, donde vivía una joven llamada María; era virgen, pero estaba comprometida para casarse con un hombre llamado José, descendiente del rey David. El ángel entró en el lugar donde ella estaba, y le dijo: “¡Salve, llena de gracia! El Señor está contigo”. María se sorprendió de estas palabras, y se preguntaba qué significaría aquel saludo. El ángel le dijo: “María, no tengas miedo, pues tú gozas del favor de Dios. Ahora vas a quedar encinta: tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será un gran hombre, al que llamarán Hijo del Dios Altísimo, y Dios el Señor lo hará Rey, como a su antepasado David, para que reine por siempre sobre el pueblo de Jacob. Su reinado no tendrá fin”. María le preguntó al ángel: “¿Cómo podrá suceder esto, si no vivo con ningún hombre?”. El ángel le contestó: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios Altísimo se posará sobre ti. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios. También tu parienta Isabel va a tener un hijo, a pesar de que es anciana; la que decían que no podía tener hijos está encinta desde hace seis meses. Para Dios no hay nada imposible”. Entonces María dijo: “Yo soy esclava. del Señor; que Dios haga conmigo como me has dicho”. Con esto, el ángel se fue (Lc 1, 26-38).

La Inmaculada Concepción de María es una de las tres fiestas de guarda establecidas por la Iglesia Católica además de los domingos. Las otras dos son la del Nacimiento de Jesús el 25 de diciembre y la de Santa María Madre de Dios el 1º de enero. A la luz de los textos bíblicos de la Eucaristía de hoy (Génesis 3, 9-15.20; Efesios 1, 3-6.11-12; Lucas 1, 26-38), meditemos sobre este misterio.

 

1. ¡Ave María purísima, sin pecado concebida!

El 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX proclamó así el dogma o verdad de fe de la Inmaculada Concepción: “...declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original desde el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, es revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles.” (Bula Ineffabilis Deus). Ningún texto bíblico menciona explícitamente el dogma de la Inmaculada Concepción, pero esta verdad de fe se puede deducir de la Sagrada Escritura interpretada por la tradición apostólica de la Iglesia Católica.

La Concepción Inmaculada de María y la Encarnación del Verbo de Dios en la naturaleza humana de Jesús son dos misterios distintos que no deben confundirse: el de María “sin pecado concebida”, que se celebra el 8 de diciembre (nueve meses antes del 8 de septiembre del año siguiente, fecha en que se conmemora su nacimiento), y el de la concepción de la naturaleza humana de Jesús en el seno de María por obra y gracia del Espíritu Santo, que se celebra el 25 de marzo (nueve meses antes del 25 de diciembre).

 

2. “Dios te salve María, llena eres de gracia…”

El Evangelio de hoy se refiere al misterio de la Encarnación anunciado por Dios a través del ángel Gabriel, pero su escogencia en la liturgia para la fiesta de la Inmaculada Concepción de María obedece a que ella es llamada por él la “llena de gracia”: es decir, a que el pecado no existió nunca en ella, que cumplió siempre y plenamente durante toda su vida la voluntad de Dios.

La palabra ángel, del griego angelos, de donde proviene también el término eu-angelion (buena noticia), significa mensajero, y el nombre Gabriel quiere decir en hebreo fuerza de Dios, lo cual tiene una significativa relación con lo que el mismo ángel le dice a María: “para Dios no hay nada imposible”. Es Dios quien ha hecho posible tanto que María haya sido concebida sin pecado, como también que conciba en su seno a Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo.

El saludo del ángel comienza con la palabra Alégrate, una invitación al gozo propio de la buena noticia de la acción de Dios en la vida de María, a quien Él ha llenado de su gracia. Y después de decirle “el Señor está contigo”, le anuncia que Dios la ha elegido para ser la madre de Jesús. Y como suele suceder en los relatos bíblicos de vocación y misión, el Señor invita a su elegida a sentirse segura: “No temas, María”. A través de su mensajero, Dios la llama por su nombre, como a toda persona a quien le encomienda una misión. Y en María se cumplió así plenamente, desde el inicio de su existencia, lo que diría Pablo en su carta a los cristianos de Éfeso: Dios Padre nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor (segunda lectura). Todo esto es lo que evocamos en el rezo del Ave María, proclamándola también, como lo haría después su pariente santa Isabel, bendita entre todas las mujeres (Lucas 1, 42)

 

3. María, la servidora del Señor, dispuesta a que en ella se haga la voluntad de Dios

Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”, es la respuesta de María al aceptar la misión que Dios le quiere encomendar de ser la madre de Jesús, el Salvador de la humanidad. “Hagan lo que Él les diga”, son las únicas palabras de María que consignan los Evangelios durante la vida pública de Jesús, en las bodas de Caná antes de la transformación del agua en vino. Y cuando una mujer exclamó “dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te alimentaron”, Jesús le respondió aludiendo a su santísima madre: “Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.

Lo que Él quiso manifestar de esta forma es que María, más allá de ser la madre de Jesús, debía ser llamada dichosa porque siempre estuvo dispuesta a escuchar y poner por obra la palabra del Señor, haciendo realidad en todo momento lo que Jesús nos enseñó a expresar en el Padre Nuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Y hasta tal punto llevó esta disponibilidad total, que en el Calvario la encontramos como corredentora junto a la cruz en la cual su hijo Jesús dio la vida para liberar del poder del pecado a toda la humanidad.

Pidámosle hoy a María, en la fiesta de su Inmaculada Concepción, que interceda por nosotros para que, en virtud de esa misma acción redentora de Jesús y con el poder santificador del Espíritu Santo, seamos liberados de todo pecado en virtud de la gracia recibida en nuestro bautismo, para estar siempre dispuestos, como ella y como su Hijo Jesús, a cumplir la voluntad de Dios, que es voluntad de amor.