Diciembre 22, 2013: El mensaje del domingo

homilia_gabriel_jaime_pérez

Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en secreto. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo: -José, hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados.
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por el Profeta: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa "Dios-con-nosotros". Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer (Mateo 1, 18-24).
Las acciones de Dios son misterios que el lenguaje humano no alcanza a abarcar y que sólo podemos acoger desde la fe. Uno de ellos es el de la Encarnación o humanización de Dios en la persona de nuestro Señor Jesucristo, en el seno virginal de María santísima.
1. La señal profética anunciada por Isaías: “Dios-con-nosotros”
El Evangelio de hoy evoca una profecía escrita cerca de 700 años antes del nacimiento de Jesús, cuando Isaías había anunciado el nacimiento de un hijo que sería concebido por una joven (alma = doncella en el original hebreo, parthenos = virgen en la traducción griega del Antiguo Testamento reconocida por la Iglesia Católica como inspirada). Esta profecía es la misma que nos recuerda en este IV y último Domingo del Adviento la primera lectura bíblica, tomada del libro de Isaías (7, 10-14).
El hijo anunciado por el profeta Isaías es llamado Emmanu-El (nombre hebreo que significa Dios con nosotros). El término hebreo El es la forma bíblica más antigua del nombre de Dios. Por eso el Emmanu-El, tal como nos lo presenta el Evangelio evocando la profecía de Isaías, es Dios en persona que viene a compartir nuestra condición humana en la persona de Jesús, haciéndose igual a nosotros en todo, menos en el pecado (Hebreos 4,15).
Tal es el sentido del acontecimiento de la Encarnación, que precisamente por pertenecer al orden de las realidades únicamente captables por la fe, es un misterio revelado por Dios, el mismo al que se refiere el salmo responsorial de este domingo [Salmo 24 (23)]: Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes: él la fundó sobre los mares, él la afianzó sobre los ríos. Este mismo Dios que ha creado el universo, no es un ser lejano e inaccesible, sino un Dios cercano que asume nuestra naturaleza humana para salvarnos y comunicarnos su vida eterna.

2. La visión de José: una invitación a la fe, más allá de lo visible
El relato del Evangelio, escrito en la perspectiva de José, el esposo de la Virgen María, nos presenta la encarnación de Dios hecho hombre en Jesús como un acontecimiento realizado por obra del Espíritu Santo. Y lo que nos quiere decir este mismo relato a partir de la descripción del ángel o mensajero de Dios que se le aparece en medio de un sueño y le anuncia el nacimiento del Salvador, es que en la vida de aquel humilde carpintero de Nazaret se inició un proceso que lo llevó a reconocer y acoger desde la fe el misterio de la acción de Dios, más allá de las apariencias visibles.
A una actitud de fe similar somos invitados también nosotros para aceptar el misterio de la virginidad de María, que va más allá de la afirmación de un fenómeno físico de carácter biológico, significando que la Encarnación no es un hecho que proviene del querer humano, sino de la voluntad divina. Este es el sentido de la evocación que hace Mateo del anuncio profético de Isaías (“El Señor, por su cuenta, les dará una señal: la Virgen concebirá y dará a luz un hijo…”), correspondiente a su vez a lo que afirmaría más tarde el Evangelio según San Juan: “y son hijos de Dios, no por la naturaleza ni por los deseos humanos, sino porque Dios los ha engendrado” (Juan 1, 13).
3. La Encarnación: un proceso que culmina en la Resurrección
El apóstol Pablo, en la segunda lectura tomada de su carta a los primeros cristianos de Roma (Romanos 1, 1-7), indica el contenido central de lo que él denomina el Evangelio -la Buena Noticia- de Dios: “su Hijo Jesucristo, Nuestro Señor, quien nació, como hombre, de la descendencia de David, pero a partir de su resurrección fue constituido Hijo de Dios con plenos poderes, según el Espíritu santificador”.
Dice la nota de la traducción de la Biblia titulada Dios habla hoy, que “Pablo distingue en Jesucristo dos aspectos: como hombre (literalmente según la carne), era descendiente del rey David y cumplía con las expectativas proféticas de los textos bíblicos respecto del Mesías (Mateo 1, 1; Lucas 3, 23-32); pero después de su pasión y muerte redentora en la cruz, a partir de su resurrección empezó para Él un nuevo modo de ser y de actuar: se convirtió en fuente de santificación para los hombres, mediante el Espíritu Santo, y comenzó a ejercer los plenos poderes de Hijo de Dios (Hechos 2, 32-33)”.
Esto quiere decir que el misterio de la Encarnación corresponde a un proceso por el cual Dios se fue revelando en la humanidad de Jesucristo hasta llegar a la manifestación plena de esta revelación en el acontecimiento de su resurrección gloriosa, que haría posible el envío del Espíritu Santo a todos los que íbamos a creer en su Evangelio para hacernos también con Él hijos de Dios y partícipes de su vida nueva.
Renovemos, pues, en este último domingo del Adviento, nuestra fe en Jesucristo como Dios y Hombre, como el Dios-con-nosotros precisamente porque ha querido compartir nuestra humanidad para hacernos partícipes de su gloria y de su divinidad, y pidámosle por intercesión de María santísima y de san José que aumente en nosotros esta misma fe, más allá de las percepciones meramente materiales.