Enero 19, 2014: El mensaje del domingo

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Por: Gabriel Jaime Pérez, S.J.

En aquel tiempo, al ver Juan a Jesús que venía hacia él, exclamó: “Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo dije: “Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua, para que sea manifestado a Israel.”. Y Juan dio testimonio diciendo: “He contemplado al Espíritu Santo que bajaba del cielo como una paloma y se posó sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre él, ése es aquél que ha de bautizar con Espíritu Santo.” Y yo le he visto, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1, 29-34).

El Evangelio de hoy nos invita a contemplar la manifestación de Jesús en el inicio de su vida pública a partir de la presentación que hace de Él Juan Bautista como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”. Por eso vamos a centrarnos en lo que significa este título con el cual también nosotros nos dirigimos al Señor varias veces en la celebración de la Eucaristía:

En el himno Gloria a Dios en el cielo le decimos a Jesús: “Cordero de Dios, Hijo del Padre, tú que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”..., “atiende nuestra súplica”.
Después del Padre Nuestro volvemos a decirle: “Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros”..., “danos la paz”.
E inmediatamente antes de la comunión, mostrando el Santísimo Sacramento, el sacerdote repite las palabras del Bautista: “Éste es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dichosos los invitados a la cena del Señor”.
1.- Este es el Cordero de Dios
La imagen del cordero, símbolo de mansedumbre y de la inocencia del justo -es decir, de quien vive y obra rectamente-, aparece en varios pasajes del Antiguo Testamento entre los cuales resaltan tres:

El sacrificio de Abraham en el libro del Génesis, cuando le ofrece a Dios un cordero (Génesis 22, 12- 13).
El cordero de la cena pascual que relata el libro del Éxodo como memorial de la liberación de los hebreos de la esclavitud y de su puesta en camino hacia la tierra prometida (Ex 12, 2-11).
La profecía del “servidor de Yahvé” o “siervo del Señor”, descrito en el libro de Isaías “como cordero llevado al matadero” (Is 53, 1-12), un anuncio de lo que sería seis siglos después la Pasión de Cristo.
2.- Que quita el pecado del mundo
La frase original en griego correspondiente al texto del Evangelio y que suele interpretarse como “que quita el pecado del mundo”, fue traducida al latín como “qui tollit peccata mundi”. El verbo tollere, de donde proviene la palabra tolerancia, significa soportar, llevar sobre sí una carga, y por eso el sentido de quitar el pecado del mundo es el que nos muestra el texto profético antes mencionado: “el Señor cargó sobre él la maldad de todos nosotros”; “el justo siervo del Señor liberará a muchos, pues cargará con la maldad de ellos”; “cargó con los pecados de muchos e intercedió por los pecadores”.

Así dice el cuarto y último de los poemas del “Servidor de Yahvé” contenidos en el libro de Isaías, de los cuales la primera lectura nos recuerda el segundo, en el que Dios reafirma la misión universal del Mesías: “Es poco que seas mi siervo sólo para restablecer las tribus de Jacob y hacer volver a los sobrevivientes de Israel; yo haré que seas luz de las naciones, para que lleves mi salvación a las partes más lejanas de la tierra” (Isaías 49, 5-6).

3.- Dichosos los invitados a la cena del Señor
Al celebrar la Eucaristía, tengamos presente la invitación que el Señor nos hace a participar en la cena pascual del Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Se trata de una invitación a estar en comunión con Él, acogiéndolo en nuestra vida para que nos transforme a imagen suya, como transformó a los primeros discípulos que recibieron su Espíritu. Entre éstos está el apóstol Juan, uno de los que oyeron a Juan Bautista presentándoles a Jesús y que fue autor tanto del cuarto Evangelio como del libro del Apocalipsis, en el cual no sólo leemos que “el Cordero sacrificado es digno de recibir el poder, el honor y la gloria” (Apocalipsis 5, 12), sino también esta exclamación que expresa nuestra esperanza de participar con Él en el banquete de la vida eterna: “Felices los invitados a la fiesta de bodas del Cordero” (Apocalipsis 19, 9).

Por último, con base en la segunda lectura, tomada del comienzo de la primera carta de san Pablo a los cristianos de la ciudad griega de Corinto (1 Corintios 1, 1-3), tengamos presente que cada uno de nosotros está incluido entre “los que en cualquier lugar invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo”.

Al invocarlo como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, dispongámonos con su ayuda a ser tolerantes: si él llevó sobre sí nuestros pecados para salvarnos, nuestra comunión auténtica con Él debe llevarnos a realizar aquella obra de misericordia que consiste en “soportar con paciencia las debilidades y flaquezas de nuestros prójimos”