Marzo 21: “Si alguien quiere servirme, que me siga”

Homilia_Hermann_Rodriguez

Por: Hermann Rodríguez Osorio, S.J.

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Una de las meditaciones más típicas de los Ejercicios Espirituales de san Ignacio de Loyola lleva por nombre: El llamamiento del rey temporal ayuda a contemplar la vida del rey eternal. Esta meditación comienza proponiéndole al ejercitante que imagine “las sinagogas villas y castillos por donde Cristo nuestro Señor predicaba”. Enseguida, san Ignacio le sugiere a la persona que hace los Ejercicios que pida “gracia a nuestro Señor para que no sea sordo a su llamamiento, sino presto y diligente para cumplir su santísima voluntad”.

Una vez se han establecido el escenario y la petición, san Ignacio propone dos partes en esta meditación. La primera es poner delante a un “rey humano, elegido de mano de Dios nuestro Señor, a quien hacen reverencia y obedecen todos los príncipes y todos los hombres cristianos”. El ejercitante debe imaginar cómo este rey habla a los suyos y los invita a conquistar toda la tierra de infieles, diciéndoles: “quien quisiere venir conmigo ha de ser contento de comer como yo, y así de beber y vestir, etc.; asimismo, ha de trabajar conmigo en el día y vigilar en la noche, etc.; porque así después tenga parte conmigo en la victoria, como la ha tenido en los trabajos”. Termina esta parte haciendo que el ejercitante se pregunte qué cree él que deben responder “los buenos súbditos a rey tan liberal y tan humano” (desde luego, liberal aquí significa generoso). La respuesta parece obvia; por tanto, añade san Ignacio, “si alguno no aceptase la petición de tal rey, cuánto sería digno de ser vituperado por todo el mundo y tenido por perverso caballero”. La segunda parte del ejercicio consiste en aplicar el ejemplo del rey temporal a Cristo nuestro Señor, conforme a los tres puntos anteriores: un rey que invita, un proyecto y la respuesta que debería suscitar.

El mundo está luchando contra una pandemia que nos ha golpeado de una manera terrible, tanto en lo que se refiere directamente a la salud, como a otros aspectos económicos, sociales, familiares… La situación que vivimos nos ha cambiado completamente la vida. Tenemos delante imágenes del dolor del mundo. Dolor que se ha agravado por todos los efectos de la pandemia. La guerra, la desigualdad, la injusticia, los sufrimientos de todos los que se ven obligados a migrar, la desolación que sufre la creación entera en un mundo que perdió su rumbo nos invitan a todos a unirnos en una causa común en favor de una vida más digna para todos. La situación actual nos recuerda que nos salvamos todos o perecemos todos. Somos navegantes en una misma barca. Muchas personas han respondido con gran generosidad en la emergencia que vivimos. Hay mucho dedicados al cuidado de la salud de otros, voluntarios que trabajan por aminorar el dolor de quienes huyen de la muerte y la desolación que trae la guerra, tantos seres humanos que consagran su vida a servir con sus propias vidas a los más pobres en las naciones más maltratadas por la historia.

La invitación de Jesús es a entregar la propia vida antes de levantar un dedo contra otro ser humano, aún en defensa propia. Y es una invitación que lo implicó a él desde lo más radical de su propia existencia. No es un proyecto para los otros, sino que él mismo lo asumió primero y supo hacer realidad lo que dijo: “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da abundante cosecha. El que ama su vida, la perderá; pero el que desprecia su vida en este mundo, la conservará para la vida eterna. Si alguno quiere servirme, que me siga; y donde yo esté, allí estará también el que me sirva”. El rey eternal nos sigue llamando a seguirlo en la pena, para participar en su gloria.