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Perdón y conversión

  •   Domingo Diciembre 09 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

El pueblo judío, en el pacto del Sinaí, se comprometía a guardar el decálogo para ser un pueblo modelo para las naciones. Así, Yahvéh sería Dios de Israel e Israel sería pueblo de Yahvéh.


El pueblo judío, en el pacto del Sinaí, se comprometía a guardar el decálogo para ser un pueblo modelo para las naciones. Así, Yahvéh sería Dios de Israel e Israel sería pueblo de Yahvéh.

Sin embargo no pudo guardarlo. Introdujo la injusticia a manos de los mismos judíos, la violencia contra el hermano (Caín y Abel), las guerras por la tierra, la desatención a los huérfanos, las viudas y los extranjeros. Luego del destierro a Babilonia, entendido como castigo por no guardar el Decálogo, comprenden que Yahvéh los perdona y los quiere hacer un pueblo sabio pero mediante la promesa, es decir, la fidelidad de Yahvéh, aunque el pueblo no sea fiel. La Torah ya de deja de ser “normas” y se convierte en “sabiduría típica de Israel”.

Para las normas queda el código de Noé, no el pacto del Sinaí. Con el fin de que el pueblo no se desanime, se introduce la fiesta anual del Yom-kippur, por la cual los pecados del pueblo se perdonaban, cargándolos sobre un “chivo expiatorio” que se lanzaba al desierto, donde viviría el “tentador” o demonio llamado Azazel. Si Yahvéh tuviera en cuenta las transgresiones, no habría futuro para Israel. El perdón no es pues borrar el pasado en sentido literal, pues el pasado ya pasó; tampoco es imponer una penitencia que es el modo humano de proceder (a un delito una pena congruente); tampoco una confesión pues las transgresiones serían conocidas de Yahvéh; tampoco una visión ingenua del ser humano que le cambie su naturaleza. El perdón nacional se daba gratuitamente por Yahvéh (el chivo expiatorio no es más que su expresión ritual) con el ánimo de que el pueblo pudiese mejorar su manera de actuar mediante la conversión. Ninguna conversión es instantánea sino un proceso. Las llamadas conversiones masivas apenas son un cambio de rotulación como las tropas de Clodoveo en el imperio franco.

Juan el Bautista, como profeta, denuncia las injusticias de su tiempo e invita a la conversión. La expresión ritual era sumergirse en el Jordán, modificando el primer paso del Jordán bajo la dirección de Josué, cuando habían pasado a “pie enjuto” por el paso de Bet-Harem. Ahora tendrían que sumergirse totalmente en el río, como lo hacen los hinduistas en el rio Ganjes, como lo hacían los prosélitos que deseaban hacerse de religión judía. Era una re-fundación simbólica de la patria en una tierra que mana leche y miel, pero que había manado injusticias. El llamado del Bautista era a la conversión, igual que todos los profetas del Antiguo Testamento y que la predicación de Jesús y sus discípulos. En el bautismo cristiano es aún más claro porque sumergirse en la pasión y muerte de Jesús para ser como él resucitado es una bitácora de viaje más que un pasaporte para hacer turismo. El movimiento anabaptista luego de la Reforma, que rechaza el bautismo de los niños, exigía la conversión previa al bautismo y por ende lo consideraba asunto de adultos. Pero, ¿cuándo está convertido un adulto?, plenamente nunca, siempre en proceso. Agustín de Hipona entendió la conversión como entrar a la Iglesia, lo cual es demasiado limitado, es más bien un formalismo. Ningún rito cambia automáticamente la identidad tribal, racial, sexismo, segregación, belicismo, para hacer un ser humano pacífico, que no busque intereses personales, de espíritu universal y de corazón misericordioso. Es todo un proyecto de vida y de ascesis diaria. Podríamos decir que la conversión es el comienzo de nuestra biografía cristiana. Juan llama renacimiento (volver a nacer) la conversión. En el Nuevo Testamento aún se siente el reflejo de la conversión como se entendía en el Antiguo Testamento. Aparece en los dos términos usados: epistrefia y metanoia. La primera como dar giro de 180 grados en el camino errado y volverse a los preceptos y es lo que pide Jesús a Pedro en el evangelio de Lucas; lo que se dice de Pablo en el camino de Damasco y se pide a los gentiles en los Hechos de los Apóstoles. La segunda (metanoia) es la que predica Jesús como cambio de mentalidad para que el reinado de Dios llegue o porque ya ha llegado. En otras palabras, la conversión se entendía como volverse a Yahvéh, en el Antiguo Testamento y en el Nuevo es volverse al ser humano. Jesús igualmente es bautizado en el Jordán y hace de la conversión su plan de vida. Pero se vuelve al Dios viviente que solamente encuentra en los seres humanos. Se convierte al ser humano y es lo que pide claramente en el evangelio de Juan: quien no ama a su hermano a quien ve no puede amar a Dios a quien no ve; quien odia a su hermano ya es un asesino; nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los amigos (los que quiere). La conversión, pues, solo ritualmente supone adherir a una iglesia o decisión personal celebrada en un bautismo, pues implica el pensar y el actuar de toda una vida. La conversión es volverse al futuro de toda la creación y secundariamente salvarse individualmente uniéndose a un colectivo. El derecho a esto último está protegido por la declaración universal de los derechos del hombre de las Naciones Unidas . Hoy se habla también, figuradamente, de la conversión social o de las estructuras. Aquellas que imposibilitan o dificultan vivir en función del reinado de Dios. En general, las estructuras sociales buscan más mantener el stutus quo que reformarse mirando desde el pobre o el excluido que son las opciones de Yahvéh y de Jesús.

La historia de la salvación ocurre dentro de la historia humana aunque no coinciden en todo. Por eso, para la salvación se utiliza el término Kairos (tiempo salvífico) y para el tiempo normal de usa el término griego Kronos. Pero no puede pensarse que una historia sea de salvación y otra de condenación. Ver la vida cristiana como una lucha de contrarios es rezago de la religión de Babilonia y planteamiento de Orígenes que entiende el cristianismo como lucha del bien contra el mal; un esquema que nos ha acarreado muchos problemas. En las guerras de religión ambos bandos acusaron al opuesto de satánico y malo. Dentro de la historia del pueblo judío aparece el Bautista, como aparece Jesús. Para el cristiano Jesús marca un tiempo especial y de referencia obligada para todos los tiempos. Pero no se da allí la salvación universal, como lo podemos constatar hoy. Se da el “modo” como debe llegar tal salvación y es viviendo a la manera de Jesús. Historia de salvación ha habido desde siempre y no solamente en el pueblo judío. Creación, revelación, salvación y resurrección son el continuum de un mismo proceso. Hay salvación en el libro de la creación, en el libro de la vida y en el libro de la Biblia. Las alusiones históricas del Nuevo Testamento, aunque son reales, no son muy precisas, pues no se hacía historiografía como hoy. Las condiciones políticas, religiosas y sociales de la época de Jesús infortunadamente son bien similares a las de hoy, de manera que un proceso de conversión (metanoia) generalizado no se ha dado aún. El reinado de Dios sigue en espera. Quizás por eso sigue siendo tan significativo el evangelio. Quizás ni siquiera hemos entendido bien el perdón y la humanidad sigue arrastrando con los odios y egoísmos del pasado. Nos falta la cuota inicial de la conversión.