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La buena noticia: motivo de alegría e invitación a compartir

  •   Domingo Diciembre 16 de 2018
  •   El mensaje del Domingo
  •    Gabriel Jaime Pérez Montoya, S.J.
  •    Adviento

En aquel tiempo, al acercarse a Juan para recibir su bautismo, la gente le preguntaba: "¿Entonces qué debemos hacer?" Él contestó: "El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo".


Llegaron también a bautizarse unos publicanos -los que cobraban impuestos para Roma- y le preguntaron: "¿Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?" Él les contestó: "No exijan más de lo establecido". Unos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer nosotros?" Él les contestó: "No hagan extorsión ni se aprovechen de nadie, sino conténtense con su salario".

El pueblo estaba en expectación, y todos se preguntaban si no sería Juan el Mesías; él tomó la palabra y les dijo a todos: "Yo los bautizo a ustedes con agua; pero viene uno que puede más que yo, y no merezco desatar la correa de sus sandalias. Él los bautizará con el Espíritu Santo y con fuego; trae su aventador en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja; guardará el trigo en su granero, pero quemará la paja en un fuego que nunca se apagará". Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba a la gente y anunciaba la Buena Noticia (Lucas 3,10-18).

En el mensaje que al celebrar este tercer domingo de Adviento nos trae la Palabra de Dios (Sofonías 3,14-18; Cántico de Isaías 12, 2-6; Filipenses 4, 4-7; Lucas 3,10-18), podemos identificar tres notas características de lo que la Sagrada Escritura expresa como la “Buena Noticia” comunicada por Dios a todos los hombres y mujeres que la reciben con una disposición adecuada. Veamos cuáles son.

1. Dios en persona viene a salvarnos por medio de su Hijo Jesús

El término “eu-angelion”, que significa “buena noticia” o “buena nueva”, es empleado por la primera traducción griega del Antiguo Testamento en un texto del libro de Isaías escrito hacia el siglo VI antes de Cristo. “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz y trae buenas nuevas, que anuncia la salvación y dice a Sión: ¡Ya reina tu Dios!” (Isaías 52, 7). Unos seis siglos después de este texto del libro de Isaías, el mismo término es empleado por los escritos del Nuevo Testamento llamados precisamente Evangelios. Así el de Marcos (1,1), al iniciar su relato de la vida pública de Jesús, lo titula Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. El de Mateo (4, 23) lo llama Evangelio del Reino, para indicar así que Jesús, como Dios hecho hombre, vino a salvar a la humanidad haciendo presente en la historia humana el “Reino de Dios”. Y cuando la palabra “evangelio” aparece por primera vez en el de Lucas indicando el contenido de la predicación de Juan Bautista - como acabamos de escucharlo en el pasaje evangélico de este domingo-, lo que nos da a entender es que este contenido es, en definitiva, la persona de Jesús, cuyo nombre significa “Yahvé salva”, y quien constituye en sí mismo el cumplimiento y el contenido de los antiguos anuncios proféticos.

2. Por eso se nos invita a estar siempre “alegres en el Señor”

Lo que más resalta como elemento común en las lecturas bíblicas de este domingo es que la Buena Noticia proveniente de Dios es un motivo de alegría. En el pasaje del libro de Isaías anteriormente mencionado, como también en los otros textos bíblicos correspondientes a la primera lectura y al cántico responsorial, la tónica predominante es una invitación al júbilo, al gozo por el acontecimiento de la liberación del destierro en Babilonia: “Regocíjate, grita de júbilo (…), alégrate de todo corazón” (primera lectura, del profeta Sofonías). “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación…; gritad jubilosos” (Cántico tomado del libro de Isaías).

En el Nuevo Testamento, el motivo del gozo es la presencia salvadora de Jesucristo, a quien sus primeros discípulos reconocieron como “el Señor”: “Estén siempre alegres en el Señor; les repito, estén siempre alegres” (segunda lectura, de la carta a los Filipenses). En esta exhortación del apóstol Pablo hay dos detalles que caracterizan la alegría propia de quienes acogen debidamente la Buena Noticia: por una parte, se trata de una alegría en el Señor, que es la verdadera -no la falsa y aparente de quienes, alejándose de Dios, buscan satisfacer sus impulsos instintivos en los excesos del licor y de las pasiones materiales desenfrenadas -; y por otra es una alegría permanente, no fugaz como los goces mundanos que desconocen los valores espirituales.

3. Y disponernos a que se renueve en nosotros la gracia recibida en el bautismo

Juan distinguía entre el bautismo realizado por él y el que iba a realizar nuestro Señor Jesucristo. El de Juan era un rito que, como lo decía él mismo al responder a quienes le preguntaban qué debían hacer, implicaba la disposición a compartir lo que se tiene con los desposeídos, a obrar honradamente, a respetar a todas las personas y así estar preparados para recibir al Señor que viene. El bautismo de Jesús sería el sacramento o signo sensible del inicio de su acción salvadora y transformadora en cada persona que acogiera la Buena Noticia presente en Él, en sus enseñanzas y en su misma vida ordenada por entero al cumplimiento de la voluntad de Dios.

Y el contenido de la voluntad de Dios es el mismo que indicaba Juan Bautista, pero ya no desde la expectativa del Salvador que vendrá, sino desde la fe en Jesucristo que en el sacramento del Bautismo nos ha comunicado su Espíritu y así nos hace posible compartir nuestros bienes con el pobre, reconocer eficazmente la dignidad y los derechos de todos y colaborar activamente en la construcción de la paz.

En conclusión, acoger la Buena Noticia es acoger al propio Jesucristo en nuestra vida, lo cual exige de nosotros una disposición a ser liberados de nuestro egoísmo y de nuestras inclinaciones desordenadas, a compartir lo que tenemos con los necesitados, y a dejar que que actúe en nosotros la energía santificadora del Espíritu Santo, simbolizado en el fuego que quema la maleza. Dejémonos pues purificar en este tiempo de Adviento, para que, al celebrar las fiestas de Navidad que se avecinan, se renueve en nosotros la gracia de Dios, es decir, la participación en su vida divina, que recibimos cuando fuimos bautizados.