Mayo 3: Seamos sembradores de serenidad y discernimiento

Mayo 3: Seamos sembradores de serenidad y discernimiento

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 2, 14ª. 36 – 41
  • I Carta del apóstol san Pedro 2, 20b – 25
  • Juan 10, 1 – 10

En este IV domingo de Pascua, la liturgia nos propone, como tema de meditación, un discurso del apóstol Pedro a unos judíos en la ciudad de Jerusalén. Utilizando el lenguaje particular de la espiritualidad de san Ignacio de Loyola, los invito a hacer una composición de lugar. ¿Qué significa esto? Llevados por nuestra imaginación, trasladémonos a ese escenario en el que Pedro da su testimonio sobre Jesús resucitado a un grupo de personas que transitaban por la ciudad. Los invito a que nos integremos a ese grupo de oyentes y dejemos que las palabras de Pedro nos interpelen.

¿Qué es lo primero que nos llama la atención? La convicción con la que afirma que Jesús ha resucitado de entre los muertos, y Dios lo ha constituido Señor y Mesías. Pedro no se limita a transmitir una noticia. Es el testimonio entusiasta de algo que le ha cambiado la vida. Pedro, en unión de otros discípulos, comió y bebió con el resucitado y, reunidos en oración, recibieron los dones del Espíritu Santo.

Permitamos que el testimonio de Pedro nos interrogue. Dejémonos contagiar de la pasión con que anuncia a Jesús resucitado. Como nosotros hemos vivido la fe en un contexto cultural católico, estamos connaturalizados con estas palabras y carecemos de la capacidad de sorprendernos ante los hechos que se nos anuncian. ¡La muerte ha sido vencida! ¡No estamos atrapados en un laberinto! ¡Nuestra muerte biológica es una simple transición o paso a la plenitud del amor!

El vigor del testimonio de Pedro debe fortalecer la fe, la esperanza y el amor, que están en crisis en medio de esta cuarentena. Vivamos esta experiencia como una oportunidad para fortalecer nuestra confianza en el Señor de la Vida, consolidar los vínculos con las personas con las que estamos compartiendo nuestros espacios, y rediseñemos el futuro. Esta composición de lugar que nos traslada con la imaginación a esta catequesis del apóstol Pedro, nos permite escuchar un anuncio de esperanza; es Jesús resucitado que nos dice: ¡No están solos!

¿Qué más nos comunica el apóstol en esta catequesis virtual? Como los oyentes de hace dos mil años, preguntemos a Pedro y a sus compañeros: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” La respuesta es muy breve y de una gran fuerza: convertirnos y abrirnos a la acción del Espíritu Santo. Profundicemos en lo que esto significa en el momento en que nos encontramos.

¿Qué significa este llamado a la conversión que nos hace el apóstol Pedro en esta catequesis que leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles? La palabra conversión significa cambio.

Esta súbita interrupción del ritmo de vida que nos ha impuesto el coronavirus nos plantea unas preguntas muy gruesas sobre nuestro modo de vida, los hábitos de trabajo y de consumo, la calidad de las relaciones interpersonales y el cuidado del medio ambiente.

Bruscamente, todo cambió. Se derrumbaron nuestras seguridades, desaparecieron millones de empleos, todos los indicadores económicos son negativos. Colapsó el modelo de sociedad en el que nos habíamos instalado. Por eso, la palabra conversión ha traspasado las fronteras de la espiritualidad para expresar un imperativo socio – económico. ¡Se imponen cambios radicales en nuestro modo de vida! Este llamado a la conversión que hace Pedro a unos judíos piadosos de su tiempo, tiene un carácter perentorio y actual.

El otro anuncio del apóstol Pedro a sus oyentes, entre los cuales estamos incluidos virtualmente todos nosotros, es el don del Espíritu Santo, el gran regalo del Señor resucitado. El Espíritu Santo recibido por los apóstoles el día de Pentecostés, y que se nos confiere a través del bautismo, transformó las mentes y corazones de los discípulos de Jesús, llenándolos de sabiduría y valor para llevar a cabo la misión evangelizadora que les confió el Señor.

Inspirándonos en la Oración por la Paz, de san Francisco de Asís, en la que pedimos que “donde haya odio, siembre yo amor…”, pidamos la iluminación del Espíritu Santo para que:

  • Donde haya angustia, sembremos serenidad para tomar las decisiones pertinentes;
  • Donde haya incertidumbre, sembremos discernimiento para poder simular los escenarios probables y así prepararnos para el futuro que nos espera;
  • Donde haya improvisación o dispersión de iniciativas, sembremos una visión estratégica que permita aunar esfuerzos y concentrar recursos para obtener resultados;
  • Donde haya pesimismo, sembremos una lectura positiva que descubra oportunidades de transformación e innovación.

Quienes creemos en el Señor resucitado, anunciado por los Apóstoles y que ha llegado hasta nosotros mediante la predicación de la Iglesia, debemos tomar muy en serio este triunfo de la vida sobre la muerte. A la luz de la Pascua de Jesús, debemos iluminar con nuestras palabras y testimonio esta noche oscura del coronavirus. Es el momento de exaltar valores tales como el cuidado mutuo y la solidaridad, y promover profundas transformaciones en nuestro modo de vida y en el modelo socio-económico que inspira a la sociedad. Tomemos en serio este llamado a la conversión que nos hace el apóstol Pedro, y pidamos los dones del Espíritu Santo para que podamos sembrar mensajes positivos que neutralicen las palabras tóxicas que nos están envenenado.