Mayo 17: Sepamos dar razón de nuestra esperanza

Mayo 17: Sepamos dar razón de nuestra esperanza

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 8, 5-8. 14-17
  • I Carta de san Pedro 3, 15-18
  • Juan 14, 15-21

Cada vez que leemos las páginas de la Biblia, nos sentimos cautivados por alguna palabra o por una frase. Sentimos que nos ilumina alguna situación particular que estamos viviendo. Las palabras que contiene la Biblia no son simples discursos teóricos, sino que son Palabras de Vida. A medida que las interiorizamos vamos avanzando por el camino del Señor.

Pues bien, al leer los textos bíblicos de este VI domingo de Pascua, encontramos tres mensajes que nos atraen particularmente y que iluminan este momento tan complejo que vive la humanidad por el ataque de este enemigo invisible que es el Covid 19:

  • Los Hechos de los Apóstoles nos narran el encuentro de los apóstoles Pedro y Juan con un grupo de samaritanos que acogen el anuncio del Señor resucitado.
  • En su I Carta, el apóstol Pedro motiva a los seguidores de Jesús para que estén siempre listos a dar razón de su esperanza.
  • El evangelio de Juan nos comunica una conmovedora promesa de Jesús: “No los dejaré desamparados; volveré a ustedes”.

¿Qué nos dicen estos textos? ¿Cómo nos inspiran en el contexto de esta amenazadora pandemia? Empecemos por una breve exploración del relato de los Hechos de los Apóstoles. En las lecturas que hemos escuchado en este tiempo litúrgico de Pascua, hemos visto cómo va creciendo la Comunidad Apostólica. La semilla de la fe es sembrada a través de la predicación de los discípulos del Señor resucitado. Sus palabras van acompañadas de acciones milagrosas que devuelven la salud física y espiritual a muchos enfermos.

En la página evangélica concreta que estamos meditando, vemos cómo es anunciada la Buena Nueva al pueblo samaritano. Recordemos que los líderes religiosos de Israel miraban con desprecio a los samaritanos pues consideraban que su fe en Yahvé no se ajustaba a la ortodoxia oficial. El pueblo samaritano era discriminado religiosa y socialmente.

Jesús había ignorado estos prejuicios. Recordemos ese bellísimo diálogo con la mujer samaritana; ella, sorprendida, le dice: “¿Tú, judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?”. Jesús pasó por encima de esta barrera de discriminación e iluminó con la luz de la fe la vida de esta mujer y la de sus familiares y vecinos.

Pedro y Juan siguen el ejemplo de Jesús y se acercan a esta comunidad. Leamos el texto de los Hechos de los Apóstoles: “Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que en Samaria habían acogido la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan, quienes bajaron hasta allí e hicieron oración por los samaritanos para que recibieran el Espíritu Santo”.

La Buena Nueva del Señor resucitado debe ser anunciada a todos aquellos que quieren escucharla. No podemos establecer categorías, abrir y cerrar puertas de manera arbitraria. Más aún, la Iglesia en su servicio a la humanidad debe trabajar con todas aquellas personas y organizaciones con las que comparte unos valores básicos de humanidad.

El coronavirus tiene y tendrá consecuencias arrasadoras para la economía mundial. El desempleo y la pobreza se están multiplicando dramáticamente. Solo el trabajo colaborativo entre los líderes mundiales podrá mitigar el impacto. No es el momento de agitar banderas ideológicas o políticas.

Pasemos ahora a la I Carta del apóstol san Pedro. Allí leemos unas inspiradoras palabras: “Muestren con la santidad del corazón que Cristo es su Señor, y estén siempre listos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida una explicación”.

El clima dominante en este momento es la incertidumbre, la desesperanza. Como seguidores de Jesucristo, que triunfó sobre la muerte, no podemos unirnos al coro de plañideras que lloran por los empleos perdidos. Eso no es un aporte. Tenemos que llenarnos de coraje y, desde la posición que ocupemos en la sociedad (de lo más básico hasta el vértice de las organizaciones), alistémonos para emprender el retorno de una normalidad laboral, tomando todas las precauciones que exige el cuidado mutuo.

Nuestra fe en el Señor de la Vida nos impulsa ser ciudadanos propositivos, que colaboramos con las iniciativas que construyen comunidad y que fomentan la solidaridad. En estas semanas de encierro obligado, hemos visto surgir muchos proyectos inspirados en la filantropía. Unámonos a ellos. Invitemos a nuestros amigos. Ese será el modo concreto de poner en práctica la invitación que nos hace el apóstol Pedro: “Estén siempre listos a dar razón de su esperanza”.

El texto de evangelista Juan recoge unas palabras de Jesús en la Última Cena que nos animan y motivan: “No los dejaré desamparados”. Ciertamente, las incertidumbres son infinitas y los temores nos agobian. Pero en medio de la noche brilla una luz muy potente. No estamos solos. El Señor camina junto a nosotros. Fortalecidos por la gracia e iluminados por el Espíritu Santo, todos juntos debemos buscar las mejores soluciones para poder retornar poco a poco a la normalidad y hacer un balance de las lecciones que nos deja esta pandemia. Sería lamentable que la vida siguiera igual y regresáramos a las viejas prácticas corruptas y al afán desenfrenado de lucro. El coronavirus nos ha obligado a mirar de frente otras realidades que no estaban en la agenda de los líderes políticos y empresariales.

Al terminar esta eucaristía en la que participamos a través de la TV, quedémonos en casa con estos tres mensajes:

  • Apertura de mente y corazón para que, libres de prejuicios, trabajemos junto con otros por el bien de la comunidad.
  • Ante las voces tristes y pesimistas de muchos, tengamos una palabra de ánimo y esperanza.
  • No estamos solos. El Buen Pastor nos guía y nos conduce. Con Él a nuestro lado, nada podemos temer.