Mayo 24: ¡Alegrémonos con el triunfo del Señor glorificado!

Mayo 24: ¡Alegrémonos con el triunfo del Señor glorificado!

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 1, 1-11
  • Carta de san Pablo 1, 17-23
  • Mateo 28, 16-20

La fiesta de la Ascensión es la culminación gloriosa de la misión del Señor. El clímax de la automanifestación de Dios a la humanidad es la Encarnación; en ella, el Hijo Eterno del Padre se despojó de los atributos de la divinidad para asumir nuestra condición humana,  darnos a conocer el plan de Dios y liberarnos del pecado y de la muerte a través del camino de la Pascua. Con la fiesta de la Ascensión, la Iglesia celebra el triunfo definitivo del Señor, quien es glorificado como Señor del universo.

Las palabras humanas con las que expresamos este misterio son torpes e imprecisas, pues están condicionadas por nuestra condición espacio – temporal. Por eso nos referimos a este triunfo del Señor resucitado como si tratara de un viaje con un punto de partida – la tierra, y un punto de llegada – el cielo, como si éste fuera un lugar geográfico ubicado en algún punto lejano del universo en expansión. Y nos referimos a la intimidad entre el Padre y el Hijo como si se tratara de una proximidad física; por eso decimos que “está sentado a la derecha del Padre”, imaginándonos un bellísimo salón del trono con experiencias sonoras y visuales nunca imaginadas… ¡Esa es la manera como los seres humanos tratamos de imaginar y expresar lo inexpresable!

En esta meditación sobre la Ascensión, podemos considerar tres aspectos del triunfo del Señor: 1) el significado para Jesucristo resucitado; 2) el significado para sus discípulos; 3) el significado para la comunidad eclesial de la cual hacemos parte.

¿Qué significa la Ascensión para el Señor resucitado? El Hijo Eterno encarnado cumplió la misión que le confió el Padre. Misión que, para la lógica humana, es un absurdo y una locura. Para la lógica humana, que analiza costos y beneficios, ventajas e inconvenientes, es imposible comprender que el Hijo Eterno de Dios se haya despojado de los atributos de su divinidad para asumir nuestra condición humana, anunciarnos el Reino de Dios y morir en una cruz. Esto desborda totalmente nuestra capacidad de comprensión. Sólo nos queda adorar en silencio este gesto infinito de amor, gracias al cual nos ha sido dado la dignidad de hijos de Dios y partícipes de su vida divina.

La Ascensión celebra el triunfo de la vida sobre la muerte, de la gracia sobre el pecado, del bien sobre el mal. Esto lo expresa elocuentemente san Pablo en la Carta a los Efesios que acabamos de escuchar: “Todo lo puso bajo los pies de Cristo, y a Él le dio la primacía absoluta haciéndolo cabeza de la Iglesia. Porque la Iglesia es el cuerpo de Cristo como también su plenitud, y Cristo es la plenitud de todas las cosas”.

En segundo lugar, preguntémonos ¿qué significa la Ascensión para sus discípulos?

  • Durante varios años estuvieron en una relación muy cercana con su Maestro quien, con paciencia y el lenguaje pedagógico de las parábolas, les fue explicando cuál era el plan de Dios y en qué consistía el Reino que Él había venido a instaurar.
  • Después de la Resurrección, el Señor los siguió acompañando para confirmarlos en la fe y hacerles las últimas recomendaciones. En los Hechos de los Apóstoles leemos que “después de su pasión se les manifestó en persona dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, y durante cuarenta días se dejó ver de ellos y les habló del Reino de Dios”.
  • No interpretemos esta cifra de cuarenta días como si se tratara de cuarenta días-calendario; es una manera simbólica de expresar que vivieron una experiencia espiritual única y transformadora con el Señor resucitado.
  • Por eso nos desconcierta que, después de haber vivido experiencias tan hondas, sigan haciendo la pregunta: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” A pesar de todo lo que han visto y oído a lo largo de varios años, sigan atados a la vieja esperanza judía de una restauración que esté acompañada de poder y gloria.
  • Con la Ascensión y Pentecostés concluye el periodo de formación de los discípulos. A partir de ahora tendrán que asumir nuevas responsabilidades de acuerdo con el mandato que les da el Señor: “Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado”.

Finalmente, ¿qué significa para nosotros, los bautizados, la Ascensión del Señor?

  • Comienza una nueva etapa en la historia de la salvación. La Iglesia es el Sacramento de Cristo, su presencia visible en medio de la comunidad. Hasta el fin de los tiempos anunciará la Persona y el mensaje del Señor resucitado, y comunicará la vida divina a través de los siete sacramentos.
  • La tarea que el Señor confió a ese puñado de seguidores desbordaba todas las posibilidades humanas. ¿Cómo llegar hasta los confines de la tierra, como efectivamente lo ha hecho la Iglesia en estos dos mil años de actividad misionera? La respuesta la encontramos en el texto del Evangelio de Mateo que hemos escuchado: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo”. Jesucristo está vivo y presente en medio de nosotros. Y el gran regalo que ha dejado a la Iglesia es el Espíritu Santo, que la acompañará y será el garante de la fidelidad a su misión, a pesar de los pecados y escándalos de los pastores y de los demás miembros de la comunidad eclesial.

En esta fiesta de la Ascensión, alegrémonos con el triunfo del Señor después de haber cumplido su misión. Y apropiémonos del mandato evangelizador que el Señor dio a sus discípulos. Seamos anunciadores de la Buena Nueva y sembradores de esperanza.