Febrero 7: Corazón sensible y vida interior

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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Lecturas:

  • Libro de Job 7, 1-4. 6-7
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 9, 16-19. 22-23
  • Marcos 1, 29-39

La meditación continua de los Evangelios nos permite avanzar en el conocimiento de Jesús: su identidad como Hijo de Dios, su misión, su profunda sensibilidad ante el dolor humano, sus actitudes firmes ante la injusticia y el abuso de poder, su extraordinario sentido pedagógico para comunicar las verdades más profundas a través de un lenguaje sencillo y con imágenes que pertenecían a la vida diaria de quienes lo escuchaban (las ovejas, la vid, la higuera)

El texto del evangelista Marcos que acabamos de escuchar pone de relieve dos rasgos del ministerio de Jesús: la curación de los enfermos y su intimidad con el Padre. Esta escena tiene lugar en los comienzos de su ministerio, un día sábado, en la ciudad de Cafarnaúm. El sábado estaba dedicado a la oración y al descanso. Jesús, después de participar en los ritos de la sinagoga, se dirigió a casa de Simón y Andrés, acompañado de Santiago y Juan. Al llegar, se enteró de la enfermedad de la suegra de Simón y la curó. A la puesta del sol, la ciudad recuperó su ritmo normal y empezaron a llegar los enfermos para que Jesús los curara.

La curación de los enfermos es un rasgo muy importante dentro de la misión de Jesús. Se conmovía profundamente ante el dolor ajeno. Sus acciones milagrosas no se limitaban a curar los males que afligían a la gente, sino que iban más allá del resultado físico, y transformaban los corazones para que se abrieran al mensaje de salvación. Son manifestaciones de un amor misericordioso. Su anuncio del Reino de Dios es inseparable de estos gestos de misericordia y compasión.

La acción evangelizadora de la Iglesia debe replicar este mismo modelo que caracterizó a Jesús durante su ministerio apostólico: el anuncio de la Buena Nueva es inseparable de las acciones de misericordia ante el dolor de los hermanos. Es impresionante la obra social de la Iglesia en todos los continentes, para atender a los niños, a los ancianos, a los enfermos, los refugiados. En los lugares más lejanos y abandonados de la acción del Estado, encontramos instituciones de la Iglesia al servicio de los más pobres; allí están miles de religiosos y laicos que desafían todas incomodidades y hacen visible el amor misericordioso de Jesús.

El segundo rasgo del ministerio de Jesús es su intensa vida interior. En numerosas páginas del Nuevo Testamento leemos que Jesús se retiraba a orar, lejos del bullicio de los que lo seguían. Nuestras palabras son incapaces de expresar la profundidad del diálogo entre el Padre y el Hijo.

Aquí encontramos un mensaje importantísimo para quienes tenemos responsabilidades particulares en la acción pastoral. No podemos caer en un activismo frenético. Esta vocación de servicio debe alimentarse de una sólida vida espiritual. Somos simples colaboradores del Señor en su trabajo para plantar la semilla del Reino. La eficacia de lo que hacemos no depende de la tecnología que utilicemos ni de la logística con que organicemos los eventos. Quien hace crecer la semilla de la Palabra en el interior de cada uno es el Espíritu Santo. Recordemos que proclamamos la Palabra de Dios y no nuestros conceptos particulares. Y la apropiación de esa Palabra sólo se logra a través de la oración.

En síntesis, el texto del evangelista Marcos que acabamos de escuchar nos invita a profundizar en dos rasgos de la vida de Jesús: su profunda sensibilidad ante el dolor humano y su intimidad con el Padre. Estos dos rasgos deben estar presentes en la vida pastoral de la Iglesia: atender a los pobres y a todos los necesitados, y nutrirse con una intensa vida de oración.

Los invito a que avancemos en nuestra meditación dominical y reflexionemos sobre el texto de la I Carta a los Corintios que nos propone la liturgia de este domingo. Allí encontramos el apasionado testimonio de un hombre que respondió con total generosidad al llamado del Señor: “¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!”. Para san Pablo, el anuncio del Evangelio no era una actividad que realizaba en sus horas libres, sino que fue su proyecto de vida: “No lo hago por propia iniciativa, sino que desempeño una misión que me fue confiada”.

Al meditar en este testimonio de san Pablo, debemos recordar que todos los bautizados tenemos la misión de anunciar la Buena Nueva del Señor resucitado. No es una misión exclusiva de los curas, las monjas y de algunos laicos comprometidos. Es una tarea que compete a todos. Esta misión no pide que los médicos o ingenieros o los contadores salgan a dictar conferencias sobre temas teológicos. Lo que se nos pide a todos es dar testimonio de una vida íntegra en armonía con los valores del Evangelio. Se predica actuando coherentemente en la familia, en el lugar de trabajo, dentro del grupo de amigos, en la vida ciudadana. ¡Ay de mí, si no anuncio el Evangelio!