Febrero 14: El desconocimiento de la ciencia alimenta los prejuicios

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Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

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  •  Lecturas:

    • Libro del Levítico 13, 1-2. 44-46
    • I Carta de san Pablo a los Corintios 10, 31—11,1
    • Marcos 1, 40-45
  • La liturgia de este domingo nos propone dos puntos de meditación: El primero de ellos, que aparece en la primera lectura y en el relato evangélico, se refiere a las discriminaciones que padecían los enfermos de lepra, por desconocimiento de la naturaleza de esta enfermedad de la piel. El segundo de ellos consiste en unas recomendaciones muy sencillas de san Pablo que nos ayudan en la vida diaria.
  • Abordemos el primer tema. Quienes vivimos en el siglo XXI, sabemos que la lepra es una enfermedad como muchas otras, ocasionada por una bacteria, que afecta la piel; su tratamiento, aplicado por un médico experto, es a base de antibióticos y es curable.
  • En la antigüedad se desconocía la naturaleza de la enfermedad. Además de las lesiones físicas que sufría el enfermo, tenía que soportar una cruel segregación social. Como si no fuera suficiente esto, también se consideraba que era castigo por algún pecado cometido. Esta explosiva mezcla de ignorancia científica, prejuicios sociales y torcidas interpretaciones religiosas ha causado mucho mal a la humanidad. En nuestro tiempo, a pesar de los avances de la ciencia, persisten muchos prejuicios y se siguen levantando abominables barreras sociales. Estas actitudes se han aumentado durante la actual pandemia del Covid-19 y circulan toda clase de interpretaciones sobre el origen del virus y la eficacia de las vacunas.
  • Una primera enseñanza que podemos sacar de la lectura de este texto es la necesidad de informarnos adecuadamente a través de publicaciones serias y hablando con gente inteligente y bien formada, y hacer oídos sordos a las falsedades que circulan por las redes sociales y los equivocados relatos que repite la gente asegurando que son verdades absolutas. El mejor camino para superar los prejuicios es a través del conocimiento objetivo. Hay ideologías políticas que alimentan estos prejuicios con el fin de exacerbar las exclusiones sociales y alimentar el odio hacia los que son diferentes por su condición socio-económica o el color de la piel.
  • La segunda enseñanza es conmovedora. Se trata de la petición que hace este hombre que se acerca a Jesús, y la respuesta que le da el Señor:
    • “Si quieres, me puedes dejar limpio”, manifiesta el enfermo.
    • Y Jesús le responde: “Sí, quiero que quedes limpio”.
  • Solamente nos abriremos a la palabra sanadora de Jesús en la medida en que reconozcamos que somos pecadores. Esto significa aceptar que somos orgullosos, ambiciosos, que sentimos envidia del éxito ajeno. Para que este reconocimiento sea sincero, debemos dejar a un lado las disculpas que de nada sirven pues el Señor conoce los rincones más secretos de nuestro corazón. Acerquémonos confiadamente a Jesús y digámosle: “Señor, si quieres, me puedes dejar limpio”. El amor misericordioso nos purificará de nuestros pecados y negatividades. Este encuentro de Jesús con un hombre excluido de la vida social y religiosa es un hermoso canto a la humildad y a la misericordia.
  • Vayamos ahora al texto de san Pablo en su I Carta a los Corintios. Allí encontramos dos recomendaciones que son muy inspiradoras para la vida diaria:
    • “Lo que hagan, ya sea comer, beber, o lo que sea, háganlo todo para gloria de Dios”.
    • “No haya nada que ofenda ni a judíos ni a griegos ni a la Iglesia de Dios”.
  • La primera recomendación de san Pablo (“lo que hagan…, háganlo todo para gloria de Dios) es una formidable herramienta que nos permite hacer de la vida diaria una oración ininterrumpida. Nuestra agenda cotidiana (en la familia, el estudio, el trabajo) se llena de sentido. Es mucho más que una repetición de rutinas; es un camino de crecimiento continuo. Los autores de libros clásicos de espiritualidad utilizan diversas expresiones para referirse a esta realidad tan profunda que nos presenta san Pablo. Ellos recomiendan “el ofrecimiento de obras” al comenzar el día; “purificar la intención” a lo largo de la jornada; “examen de conciencia” antes del descanso nocturno.
  • La segunda recomendación de san Pablo (“no hagan nada que ofenda…”) es un llamado a ser prudentes en nuestras relaciones sociales. Vivimos en un contexto en el que coexisten costumbres e ideologías muy diversas. Por eso hay que evitar expresiones discriminatorias, sexistas, clasistas, que proyecten prejuicios sobre grupos particulares. No es fácil conservar la continencia verbal en un medio en el que los “trinos” o “tuits” más altisonantes son los que alcanzan notoriedad y son replicados. La vida sería mucho más amable si nuestro lenguaje fuera más ponderado. Seamos delicados. No fastidiemos a nuestros vecinos. Hagámosle caso al apóstol Pablo; “No hagan nada que ofenda…”
  • Vayamos concluyendo nuestra meditación dominical, de la que nos quedan varios mensajes:
    • Reconozcamos humildemente las actitudes discriminatorias que envenenan las relaciones sociales. Reconozcamos que muchos de nuestros prejuicios son fruto de la ignorancia y desinformación.
    • Con humildad, apropiémonos de la petición de este hombre que se acerca a Jesús: “Señor, si quieres, me puedes dejar limpio”. Somos pecadores. No busquemos justificarnos de nuestros comportamientos equivocados.
    • San Pablo nos señala un camino para hacer de nuestra vida una continua oración de alabanza y acción de gracias.
    • Seamos prudentes en los comentarios que hagamos, pues podemos herir la sensibilidad de otros.