Marzo 7: Los Diez Mandamientos, sabios principios de convivencia social

homilia_jorge_humberto_pelaez

Por: Jorge Humberto Peláez S.J.

Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

  • Lecturas:

    • Libro del Éxodo 20, 1-17
    • I Carta de san Pablo a los Corintios 1, 22-25
    • Juan 2, 13-25

    Seguimos avanzando por este camino de preparación para celebrar los misterios pascuales. Estamos en la III semana de Cuaresma. En este domingo, la liturgia nos invita a meditar sobre tres puntos:

    • En primer lugar, nos recuerda la vigencia de los Diez Mandamientos. Si respetáramos estas reglas básicas de la convivencia, el mundo sería muy distinto y disminuirían los conflictos y tensiones.
    • En segundo lugar, san Pablo nos recuerda lo difícil que es anunciar al Señor resucitado, pues los intereses de las culturas dominantes están muy lejos de lo que proclamamos. Es como hablar en un idioma desconocido.
    • En tercer lugar, la dramática escena de la expulsión de los vendedores del Templo nos pone de manifiesto el peligro de usar la religión para obtener beneficios económicos o apoyar determinados movimientos políticos.

    Empecemos, pues, por el relato del libro del Éxodo sobre la promulgación de los Diez Mandamientos. Se trata de un momento particularmente solemne de la tradición judeo-cristiana, que ha sido determinante para la marcha de la civilización occidental. Esta escena de la promulgación de los Diez Mandamientos ha inspirado películas, novelas y pinturas. 

    A pesar de la antigüedad de este texto, sigue teniendo un enorme influjo como referente ético de la humanidad. No podemos quedarnos en una lectura estática de estas normas, sino que su comprensión y aplicación se va enriqueciendo a medida que la humanidad asimila nuevas experiencias:

    • Preguntémonos, por ejemplo, qué nos dicen hoy las palabras del primer mandamiento: “No te harás ídolos ni representaciones. No los adorarás ni los servirás; porque yo el Señor tu Dios soy un Dios celoso”. Los hombres y mujeres del siglo XXI no tenemos la tentación de adorar al dios-jaguar, a la serpiente emplumada o al dios-sol. Nuestras tentaciones de idolatría son diferentes. Los dioses que nos seducen son el dios-dinero, el dios-poder, la diosa- tecnología. Y para congraciarnos con ellos y recibir sus favores, estamos dispuestos a sacrificarlo todo: la salud, los amigos, la familia, los valores que nos inculcaron en nuestras familias.
    • Leemos en el libro del Éxodo: “No pronunciarás el nombre del Señor tu Dios en falso. Porque el Señor no dejará impune al que pronuncia en falso su nombre”. Este antiguo mandamiento ha sido olvidado. Todos los días los medios de comunicación nos presentan el vergonzoso espectáculo que dan los testigos que han sido llamados a declarar bajo la gravedad del juramento. No tienen inconveniente en ir modificando su testimonio con tal de beneficiarse de alguna manera. La palabra empeñada carece de valor.

    El mundo sería diferente si nuestros comportamientos siguieran inspirándose en los Diez Mandamientos, leídos e interpretados de manera dinámica porque la realidad cultural evoluciona. 

    Pasemos ahora al segundo punto de nuestra meditación dominical. En este texto de la I Carta de san Pablo a los Corintios, el apóstol se refiere a las enormes dificultades de anunciar al Señor resucitado a las personas que vienen del judaísmo y del entorno cultural griego. San Pablo lo expresa de manera elocuente: “Los judíos piden milagros y los griegos buscan sabiduría. Nosotros, en cambio, anunciamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo, para los griegos una insensatez”. Esta es la dura realidad que debe afrontar san Pablo como anunciador de la Buena Nueva. 

    ¿Cuáles son algunos de los obstáculos que debe afrontar la Iglesia en su actividad evangelizadora? Vivimos en un contexto cultural crudamente materialista, en el que los valores espirituales son mirados con desprecio. Lo importante es pasarla bien, “lo chévere”, lo que satisfaga nuestros sentidos aquí y ahora. Ahora bien, quienes viven sumergidos en el materialismo no pueden negar un profundo vacío interior. Acerquémonos a ellos, no con sermones ni discursos teóricos, sino con el testimonio de una vida plena entregada al servicio de los demás. Así descubrirán que vivir-en-salida-hacia-los otros es clave para encontrar la felicidad y que la vida vale la pena. El servicio a los demás es el camino para abrirse a la trascendencia.

    Llegamos ahora al tercer punto de nuestra meditación, la dramática escena de la expulsión de los vendedores, que habían convertido los alrededores del Templo de Jerusalén en un enorme mercado. Jesús, lleno de ira santa, los expulsó: “¡Quiten esto de aquí! ¡No sigan haciendo de la casa de mi Padre un mercado!”. Lamentablemente, esta escena se sigue repitiendo a lo largo de los siglos. Para no cometer injusticias, es necesario distinguir entre una digna y respetuosa venta de servicios a los peregrinos, lo cual es posible hacer, y la burda explotación económica de la religiosidad popular. Todos nosotros conocemos ejemplos de estos dos escenarios: la oferta digna y respetuosa de servicios a los peregrinos, y el negocio burdo y descarado.

    Los pastores de la Iglesia, particularmente aquellos a quienes se ha confiado la custodia de estos santuarios, deben ser muy cuidadosos en salvaguardar la identidad espiritual de estos centros de peregrinación. Hay muchas personas que quieren apoderarse de ellos para favorecer sus intereses económicos o políticos o ideológicos. No se puede permitir la introducción de prácticas que empañen la pureza de la experiencia espiritual.

    Es hora de terminar nuestra meditación dominical que, en este III domingo de Cuaresma, ha estado centrada en tres puntos: la vigencia de los Diez Mandamientos, a pesar de su antigüedad; las dificultades para anunciar la Buena Nueva de la salvación, en medio de una sociedad materialista que da la espalda a los valores del espíritu; y la exigencia de conservar libres de manipulación las variadas y ricas manifestaciones de la religiosidad popular.