Abril 11: La antipática arrogancia del apóstol Tomás

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Hechos de los Apóstoles 4, 32-35
  • I Carta de san Juan 5, 1-6
  • Juan 20, 19-31

Las lecturas del tiempo pascual nos abren ventanas para observar la vida de la Iglesia Apostólica, cuyas actividades giraban alrededor de la experiencia del Señor resucitado. Era una comunidad vibrante, que comunicaba con entusiasmo la buena noticia. A pesar del tiempo que nos separa, la Iglesia del siglo XXI sigue con la mirada puesta en la Iglesia de los orígenes. El núcleo de lo que comunicamos es el mismo: el Señor vive y está presente en medio de su Iglesia.

Las lecturas de hoy, particularmente el relato de los Hechos de los Apóstoles y las dos apariciones narradas por Juan, nos iluminan dos situaciones de enorme actualidad: los desafíos de la solidaridad y los efectos devastadores del pensamiento positivista. 

Empecemos por profundizar en los retos de la solidaridad. La cultura occidental es individualista. Desde los primeros años, se inculca a los niños un espíritu agresivamente competitivo. ¡Hay que ser los primeros sin importar los medios que se utilicen para alcanzar el triunfo! Sin embargo, estos largos y duros meses de la pandemia nos han mostrado la importancia de la solidaridad. Definitivamente, solos no podemos salir adelante. Nos lo ha recordado el papa Francisco con la imagen de la embarcación: todos estamos en el mismo barco, avanzamos hacia la misma orilla, es necesario tener un único plan de navegación. En consecuencia, tenemos que superar el egoísmo y fortalecer un sentido asociativo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos describe una comunidad cristiana solidaria: “Toda la multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma; y nadie consideraba como propio lo que poseía, sino que todo lo tenían en común”. No es arriesgado afirmar que se trata de un cuadro bastante idealizado de los primeros cristianos. Conociendo la naturaleza humana, podemos suponer que no faltaban los egoístas y los ventajosos. Pero eran la excepción. La tónica dominante era la solidaridad.

El papa Francisco dedica su última encíclica al tema de la fraternidad y la amistad social. El capítulo 2.° de la encíclica es una reflexión muy profunda sobre la parábola del buen samaritano. Esta parábola es un exigente test sobre la solidaridad. Meditemos en las palabras del papa: “Puestos en camino, nos chocamos, indefectiblemente, con el hombre herido. Hoy, y cada vez más, hay heridos. La inclusión o la exclusión de la persona que sufre al costado del camino define todos los proyectos económicos, políticos, sociales y religiosos. Enfrentamos cada día la opción de ser buenos samaritanos o indiferentes viajantes que pasan de largo”. 

Hablando de solidaridad internacional, estamos viendo cómo los países ricos están acaparando las vacunas para la COVID-19 que salen al mercado. Como siempre, los países emergentes y los pobres ocupamos los últimos puestos en la lista de espera.

Vayamos ahora al segundo tema que nos plantea la liturgia de este II domingo de Pascua: los efectos devastadores del pensamiento positivista. No me extrañaría que algún lector dijera: ¿Qué tiene que ver la liturgia de hoy con el positivismo? El evangelista Juan nos describe dos apariciones de Jesús resucitado: en la primera, no se encontraba el apóstol Tomás; en la segunda, sí estaba presente. Cuando sus colegas apóstoles le contaron que habían visto al Maestro resucitado, Tomás, con gran suficiencia, afirmó: “Mientras no le vea en las manos la marca de los clavos, mientras no meta el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no creeré”. 

En la segunda aparición, Jesús resucitado se acerca a Tomás y le dice: “Trae tu dedo: mira mis manos. Trae tu mano métela en mi costado. Deja de ser incrédulo”.

A Tomás hay que reconocerle a su favor que haya asumido una posición crítica. Es legítimo dudar. Es de personas sabias preguntar. Entre la gente circulan muchas opiniones inexactas y se dan por verdaderos hechos que no han sido verificados. La equivocación de Tomás consistió en radicalizar su posición y convertir en criterio de verdad su experiencia personal: “Si yo no meto el dedo…. no creo”. Es absurdo pretender que nuestra experiencia personal sea el criterio absoluto para validar un conocimiento. ¿Por qué? Porque no podemos ser expertos en todo. 

Al mismo tiempo que reconocemos el valor de tener un espíritu crítico, es importante en la vida apreciar la autoridad epistemológica y moral de las personas. Aprender a valorar qué testimonios son creíbles y cuáles muestran inconsistencias. “Por sus frutos los conoceréis”. El testimonio de vida y la coherencia entre las palabras y los hechos son unos indicadores serios para valorar la validez de un relato narrado por otra persona. Es sano fomentar el espíritu crítico. Pero no es de personas prudentes aferrarse tercamente a nuestras lecturas de la realidad. Cualquier tipo de dogmatismo dificulta el conocimiento de la verdad y el descubrimiento del bien. 

Nuestra fe en el Señor resucitado se fundamenta en el testimonio de los Apóstoles, a través de sus enseñanzas y milagros, y en la experiencia vivida por la Iglesia Apostólica que llega hasta nosotros fielmente gracias a la Tradición de la Iglesia, acompañada del estudio de la seriedad de las fuentes y de los documentos históricos. Por eso son tan importantes las palabras que pronunció san Pedro en casa del centurión Cornelio: “Dios lo resucitó al tercer día y le concedió poder manifestarse, no a todo el pueblo, sino a testigos escogidos previamente por Dios: a nosotros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos. Él fue quien nos envió a predicar al pueblo y atestiguar que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos”.

La resurrección del Señor llena de sentido nuestras vidas y responde a interrogantes muy hondos: que la luz del cirio pascual ilumine nuestro interior. Profundicemos en las experiencias de la Iglesia Apostólica, que estaba marcada por la Pascua del Señor.