Septiembre 26: ¿Por qué tantos fieles se han desilusionado de la Iglesia?

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

1. Libro de los Números 11, 25-29

2. Carta del apóstol Santiago 5, 1-6

3. Marcos 9, 38-43. 45. 47-48

Las relaciones sociales son enormemente complejas pues los seres humanos somos diferentes: herencia genética, modelos educativos, valores éticos, ideologías, experiencias vividas, percepciones, etc. Es muy difícil armonizar esa diversidad y crear las condiciones que permitan una convivencia civilizada.

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre dos escenarios conflictivos en los que se dan las interacciones humanas:

- El primer escenario consiste en la tentación de convertirnos en propietarios de la verdad, autoproclamarnos guardianes de la ortodoxia y las buenas costumbres, creer que constituimos el bando de los buenos y de los preferidos de Dios. Esta actitud arrogante se expresa en el deseo de excluir de este grupo privilegiado a personas que son merecedoras de todo nuestro reconocimiento. Esta situación aparece en el Libro de los Números y en la primera parte de la escena relatada por el evangelista Marcos.

- El segundo escenario conflictivo sobre las interacciones humanas se refiere a los escándalos, en particular aquellos en los que las víctimas son los más pequeños y vulnerables. Jesús pronuncia unas palabras muy duras contra aquellos que causan escándalos: “Más vale que le pongan al cuello una de las ruedas de piedra que tienen los molinos, y lo echen al mar”.

Exploremos el primer escenario o situación creada por aquellos que, por alguna razón, se sienten superiores a los demás y tontamente creen que gozan de privilegios especiales a los ojos de Dios:

- El Libro de los Números se refiere al espíritu profético que Dios concedió a setenta varones de Israel para que ayudaran a Moisés en el difícil trabajo de gobernar a esa comunidad, que era muy rebelde y continuamente organizaba marchas de protesta.

- Nos cuenta el cronista del Libro de los Números que dos de estos personajes escogidos por Dios estaban fuera del campamento cuando este don fue concedido a estos miembros de la comunidad. Dentro del pueblo se oyeron algunas voces que pretendían excluir a estos dos personajes por no estar presentes. Josué, estrecho colaborador de Moisés, se hizo vocero de estas críticas e intervino ante su jefe: “¡Moisés, señor mío, no se lo permitas! Pero él respondió: Tienes demasiado celo por mí. ¡Ojalá les diera el Señor a todos su espíritu y todos en el pueblo del Señor fueran profetas!”.

¡Cómo nos cuesta reconocer las cualidades y carismas que adornan la vida de otras personas! Es frecuente que pretendamos minimizar sus cualidades y les encontramos un PERO… Como juzgamos con rastreros criterios humanos, creemos que no puede ser posible que Dios los haya favorecido. Nuestro egoísmo nos induce a error y pretendemos fijar límites a la acción del Espíritu, que sopla donde quiere.

Una situación semejante es descrita por el evangelista Marcos. En este relato, el discípulo Juan, tan cercano a Jesús, “pone algunas quejas”: “Maestro, vimos a uno expulsando demonios en tu nombre, y se lo prohibimos, porque no es de nuestro grupo”. ¿Cómo reacciona Jesús? “¡No se lo prohíbas! Porque uno que hace un milagro usando mi nombre no puede a continuación hablar mal de mí”.

Estas dos situaciones, que tienen elementos comunes, nos invitan a tener la mente abierta para reconocer la acción de la gracia que se manifiesta de muchas maneras y no está circunscrita a un grupo particular.

En su ministerio pastoral, el papa Francisco se ha reunido con líderes espirituales provenientes de diversas tradiciones religiosas. Los ha invitado a que trabajemos juntos por la paz y la fraternidad universal. Debemos superar los binomios verdad-error, justos-pecadores, salvados-condenados. La mirada de Dios es muy diferente.

El segundo escenario conflictivo sobre las interacciones humanas se refiere a los escándalos. Como nos lo explica el Diccionario de la Lengua, escándalo es una “acción o palabra que es causa de que uno obre mal o piense mal de otro. Desenfreno, desvergüenza, mal ejemplo”. Hay muchas formas de hacer daño o escandalizar. La gravedad de la falta es tanto mayor cuanto más alta sea la investidura de quien realiza la acción y mayor sea la debilidad o desprotección de la víctima.

En América Latina, hemos sido testigos del éxodo de millones de bautizados que han abandonado la Iglesia Católica para convertirse en miembros de otros grupos religiosos. Se han escrito muchos libros y artículos sobre este complejo asunto. Sin pretender entrar en la sustancia de este doloroso hecho, tenemos que reconocer que muchos fieles se han desencantado o desilusionado de la Iglesia Católica. Los escándalos por oscuros manejos económicos, manipulación política, maltrato, abuso sexual, etc., han causado profundas heridas en el Cuerpo de la Iglesia.

¿Qué hacer ante estas dolorosas situaciones? Ante todo, estos hechos deben ser reconocidos, sin pretender ocultarlos o minimizarlos; hay que atender a las víctimas y curar sus heridas; y hay que tomar drásticas medidas que impidan que estas prácticas continúen protegidas por un silencio encubridor.

Estas dos lecturas de la liturgia de este domingo nos permiten reflexionar sobre dos escenarios conflictivos de las interacciones humanas: la tentación de excluir a otros pretendiendo que somos destinatarios privilegiados de dones y carismas; y el pecado del escándalo, en sus múltiples manifestaciones, que tanto dolor producen.