Febrero 20: Seríamos más felices si supiéramos perdonar

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • I Libro de Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 15, 45-49
  • Lucas 6, 27-38

Uno de los sentimientos más tóxicos que puede albergar el corazón humano es el odio. Desencadena decisiones equivocadas, acciones violentas. Es como un tsunami que lleva destrucción y muerte.

La historia de la humanidad, y en concreto la historia de Colombia, contienen páginas muy dolorosas de violencia Son aterradores los relatos que están saliendo a la luz pública en los testimonios escuchados por la Comisión de la Verdad. No alcanzamos a imaginar la reacción de la opinión pública cuando este Informe nos presente las conclusiones. Es aterrador el daño que podemos causar los seres humanos cuando el odio nos enceguece.

En Colombia, no podemos continuar indefinidamente con estas heridas abiertas que supuran resentimiento. Tampoco podemos negar la realidad de lo que ha pasado como si nada hubiera sucedido. Necesitamos llevar a cabo un proceso de sanación que empiece por un reconocimiento del daño causado en un encuentro entre víctimas y victimarios, desinfectar, curar y tomar las medidas profilácticas para que esta infección no se vuelva a presentar.

Las lecturas de este VII Domingo del Tiempo Ordinario nos invitan a reflexionar sobre los odios viscerales, la generosidad y grandeza de espíritu, la misericordia infinita de Dios, la mansedumbre espiritual que no puede confundirse con la cobardía.

Empecemos nuestra meditación dominical profundizando en el relato que nos presenta el I Libro de Samuel. El rey Saúl estaba envenenado contra el joven David. Quería eliminarlo. Lo enfurecía la admiración que el pueblo expresaba ante sus hazañas; sus cortesanos alimentaban esta rivalidad. El rey Saúl había organizado varias expediciones contra David, pero la protección de Yahvé y la astucia le habían permitido escabullirse.

En dos ocasiones, el rey Saúl había estado en las manos de David, quien había rehusado matarlo por un hondo sentido de lealtad: “Él te ha entregado hoy en mi poder, pero yo no he querido extender mi mano contra el ungido del Señor”.

Nos encontramos ante un interesante estudio de caso: el personaje es el joven David, sometido a una injusta persecución por parte del rey Saúl. En dos ocasiones se le presenta la oportunidad de eliminar a su cruel perseguidor. ¿Qué hacer? ¿Matar o no matar? Los argumentos a favor ponen de relieve el derecho a la legítima defensa, protegerse de una despiadada persecución; los argumentos en contra hablan del respeto a la dignidad real, generosidad, nobleza de espíritu. Si esta pregunta hubiera sido sometida a un plebiscito popular, la respuesta apabullante hubiera sido a favor del SI: David debía haber aprovechado para matar al injusto rey Saúl. Sin embargo, David optó por el NO. Es admirable su nobleza de espíritu.

A la luz de este comportamiento del joven David, vale la pena examinar la actuación de muchos de nuestros líderes en América Latina y en Colombia, que están alimentando la lucha de clases y utilizan un lenguaje de odio. Es lamentable la pésima calidad de los discursos políticos y la incapacidad de presentar propuestas para superar la pobreza y transformar el país. A nuestros dirigentes les falta nobleza de espíritu. No queremos que alimenten resentimientos, sino que nos señalen un futuro de esperanza.

El Salmo 102 es un canto a la infinita misericordia de Dios, cuyo amor perdona nuestras infidelidades: “Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Él perdona todas tus culpas y cura todas las enfermedades. El Señor es compasivo y misericordioso”. La parábola del hijo pródigo es una conmovedora descripción de lo que significa el amor misericordioso de Dios. A pesar de todas las decisiones equivocadas del hijo, su padre lo espera con ansia para abrazarlo y darle la bienvenida. ¡Qué diferencia con los discursos cargados de odio y los llamados a la venganza!

Pasemos ahora al evangelista Lucas, quien resume una catequesis de Jesús sobre el perdón, que ha sido duramente criticada a lo largo de los siglos. Se trata de una invitación a acoger y perdonar a los enemigos: “A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian”

Se trata de un lenguaje que, para muchos, es ingenuo pues parece ignorar las demostraciones de fuerza de muchos actores sociales que imponen su voluntad y silencian las voces de los inconformes. Sin embargo, a pesar del aparente triunfo de los violentos, no debemos renunciar a la búsqueda de soluciones civilizadas a los naturales conflictos que surgen entre los individuos y los pueblos.

En el siglo XXI contamos con instrumentos jurídicos adecuados para la solución de conflictos en diversos escenarios o situaciones. Es amplia la gama de herramientas para conciliar diferencias y llegar a acuerdos. El Derecho Internacional ha afinado procedimientos para evitar enfrentamientos internos y guerras entre países. Se necesita voluntad política para hacer uso de ellos.

La propuesta de Jesús no es un llamado a la debilidad ni un sometimiento a la ley del más fuerte. Es una invitación a superar los sentimientos más primitivos y avanzar hacia otras formas de convivencia.

Sabemos, sin embargo, que la propuesta de Jesús no es taquillera. La cultura tiene una visión diferente. Vemos, por ejemplo, que una de las primeras recomendaciones que los padres hacen a sus hijos cuando ingresan al colegio es: “Mijo, no se deje; si alguien le pega, dele más duro”.

En esta catequesis de Jesús, encontramos unas palabras muy sabias sobre la convivencia social: “No juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará”.

¿En qué radica la sabiduría de estas palabras? No pretendamos cosechar si antes no hemos sembrado. Hay personas que se lamentan porque nadie las llama ni las tienen en cuenta. Pero olvidan que las relaciones sociales no se dan en una sola dirección, sino que son de doble vía: no exijamos a los demás lo que nosotros hemos sido incapaces de dar. Si somos amables, la gente nos tratará con amabilidad; si somos detallistas, la gente se expresará con gestos de afecto.

Meditemos serenamente estas enseñanzas de los textos bíblicos de la liturgia de este domingo. En ellos encontraremos inspiradoras orientaciones para la convivencia social y esto nos ayudará a ser más felices.