Marzo 13: Confianza en Dios para emprender el camino

Homilia_Jorge_Humberto_Pealez

Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Génesis 15, 5-12. 17-18
  • Carta de san Pablo a los Filipenses 3, 17—4, 1
  • Lucas 9, 28b-36

En este camino cuaresmal que empezamos a recorrer, la liturgia de este domingo nos propone dos temas profundamente inspiradores, como son la confianza de Abrahán en Dios y la Transfiguración del Señor. ¿Cómo se relacionan estos dos temas con el significado de la Cuaresma, que es la preparación para los misterios pascuales?

La pasión, muerte y resurrección del Señor son el punto de llegada de un largo camino espiritual, que empieza con la promesa que Yahvé hace a Abrahán, un pastor nómada en un rincón ignorado del planeta. Esta promesa se fue enriqueciendo a través de los diversos acontecimientos vividos por el pueblo de Israel; Yahvé fue auto-manifestando su plan de salvación en los acontecimientos de la historia de un pueblo. Por otra parte, el relato de la Transfiguración es una confirmación de la identidad de Jesucristo como Hijo del Padre, y de su misión redentora. Estas dos lecturas nos ofrecen el gran escenario dentro del cual Jesús va a culminar su acción salvadora.

Iniciemos nuestra meditación dominical profundizando en la primera lectura, tomada del libro del Génesis. Por esos designios insondables de Dios, Abrahán fue escogido como protagonista central de esta historia única. Este pastor errante se convirtió en el punto de partida de la auto-manifestación de Dios al pueblo elegido. Los cristianos somos herederos de esa historia.

Yahvé hace una promesa a Abrahán, la cual consta de dos elementos: le promete una descendencia y una patria. Abrahán y Sara eran dos ancianos que vivían la frustración de no haber engendrado hijos. A pesar de la edad, Yahvé le dice: “Mira el cielo y cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Así será tu descendencia”. El segundo elemento de la promesa consiste en una patria: “A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates”.

¿Qué responde Abrahán al oír estas palabras de Yahvé? Estas dos ofertas, hijos y tierra, eran totalmente inesperadas, pues jamás   se le habían ocurrido a este anciano pastor. Cualquiera de nosotros habría tenido muchas dudas: ¿cuándo?, ¿qué tan lejos?, ¿qué protección tendríamos?, ¿de qué viviríamos en el viaje? Abrahán solamente hizo una pregunta: “¿Cómo sabré que voy a poseerla? E inmediatamente siguió las instrucciones de Yahvé y preparó los animales para ofrecer un sacrificio. Después Abrahán “se puso en camino, como se lo había ordenado el Señor”.

Este viejo pastor confió plenamente en la promesa y emprendió un camino cuyo punto de llegada le era desconocido. Eso no importaba. Para él, lo fundamental era la confianza absoluta en la promesa. Sabía que el Señor sería fiel a su palabra y lo acompañaría en ese camino hacia lo desconocido. La fe de Abrahán es el comienzo del itinerario espiritual que llamamos la revelación judeo-cristiana. Reconocemos a Abrahán como nuestro padre en la fe. Por eso en este II domingo de Cuaresma recordamos de dónde venimos y cuándo empezó este camino que nos conduce hacia la Pascua del Señor.

El Salmo 26 expresa, de manera poética, la fuerza interior que acompañó a Abrahán y a su descendencia a lo largo de esta peregrinación, que empezó en Ur de los Caldeos y que culmina en la Ascensión gloriosa del Señor: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar?”.

Pasemos ahora al texto del evangelista Lucas, que nos narra la Transfiguración del Señor. Es un momento particularmente significativo en la misión de Jesús. En la cima de una montaña, acompañado de su grupo más íntimo, se manifiesta la gloria de Jesucristo como Hijo amado del Padre. Este relato contiene elementos escenográficos comunes a otras teofanías o manifestaciones solemnes de la gloria de Dios que aparecen en la Biblia: luz brillante, nube que cubre el lugar, temor reverencial que se apodera de los presentes, voz que comunica un mensaje… Se trata de una solemne confirmación de su identidad y de su misión: “Este es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo”. Vale la pena detenernos en algunos detalles particulares de este relato:

  • La escena se desarrolla en lo alto de una montaña. En diversas tradiciones religiosas, las cumbres de las montañas se consideran como lugares apropiados para la oración y los ritos sagrados. Todos nosotros hemos vivido la experiencia de pasear por el campo y alcanzar la cima de una montaña; al llegar sentimos algo especial al contemplar el paisaje; nos sentimos conectados con una realidad que nos trasciende y nos genera paz interior.
  • Lo acompañan Pedro, Juan y Santiago, quienes eran los discípulos más cercanos de Jesús y sus confidentes. Ellos asumirán responsabilidades muy importantes en la consolidación de la Iglesia Apostólica.
  • Junto a Jesús se aparecen Moisés y Elías, dos grandes figuras del pueblo de Israel, que representaban la Ley y los Profetas. Su presencia al lado de Jesús significa que Él es la plenitud y superación de la Ley, así como el cumplimiento de las promesas hechas al pueblo de Israel. El Antiguo Testamento es la preparación. La misión de Jesucristo es el inicio de una nueva etapa en la historia de la salvación. La Iglesia es el nuevo pueblo de Dios.

Nos estamos preparando para la celebración de la Pascua. En estas semanas de Cuaresma dediquemos un tiempo especial a la oración. Dejémonos llevar por los textos bíblicos que nos propone la liturgia. Así iremos creando un clima espiritual que nos permita acompañar a Jesús en su camino hasta el Calvario y proclamar la alegría de su resurrección.