Marzo 20: Somos higueras estériles con escasos frutos de amor y justicia

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Por: Jorge Humberto Peláez, SJ

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Lecturas:

  • Éxodo 3, 1-8ª. 13-15
  • I Carta de san Pablo a los Corintios 10, 1-6. 10-12
  • Lucas 13, 1-9

En este tiempo de Cuaresma nos preparamos para celebrar la Pascua del Señor. Su muerte y resurrección nos liberaron de la esclavitud del pecado, y fuimos acogidos como hijos de Dios y coherederos con Cristo. Los textos bíblicos nos invitan a reflexionar sobre el significado de la Pascua y nos hacen un llamado a la conversión del corazón.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos invita a reflexionar sobre la iniciativa misericordiosa de Yahvé quien, conmovido por los sufrimientos de su pueblo esclavizado por los egipcios, decide liberarlo y escoge como líder a Moisés, quien se convertirá en una de las grandes figuras de la historia universal.

Meditemos en las palabras que Yahvé dirige a Moisés, que manifiestan una misericordia infinita: “He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel”.

Así comienza esta formidable epopeya de la peregrinación por el desierto, que durará cuarenta años. Esta larga marcha tendrá lugar en medio de hondas tensiones por la rebeldía de los caminantes, las murmuraciones, sus tentaciones de infidelidad y los sangrientos enfrentamientos con las tribus que fueron encontrando en el camino.

Yahvé confía esta misión en una hermosa teofanía o manifestación de su gloria en una zarza que ardía sin consumirse. Allí comunica a Moisés su identidad: “Yo soy el que soy”. El ser absolutamente trascendente se revela como un Dios personal que quiere hacerse presente en la historia de una comunidad concreta. Los diversos libros del Antiguo Testamento nos muestran cómo se va desarrollando esta auto-manifestación de Dios.

Con la presencia de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, llega a su plenitud la Revelación. Toda esta historia de la Alianza entre Yahvé y su pueblo se desenvuelve alrededor de los polos fidelidad/infidelidad. Fidelidad por parte de Dios e infidelidad por parte del pueblo de Israel. Dentro de cada uno de nosotros se sigue dando esta misma batalla: Jesucristo nos invita a seguirlo por el camino de las Bienaventuranzas y nuestra autosuficiencia nos empuja a desarrollar nuestra propia agenda de espaldas al plan de Dios.

El Salmo 102, que acabamos de recitar, es un canto al amor compasivo y misericordioso de Dios que da inicio a la liberación de un pueblo esclavizado, y que llega hasta el extremo de entregarnos a su propio Hijo para rescatarnos del pecado. “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen”.

En su I Carta a los Corintios, el apóstol Pablo recuerda a los primeros cristianos cómo fue el comportamiento de este pueblo peregrino que recibió todas las bendiciones, pero que con frecuencia fue infiel: “No quiero que ignoren, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar (…) Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto”.

El evangelista Lucas recoge unas palabras de Jesús sobre aquellos que permanecen en su pecado y se cierran a un proceso de conversión o cambio. Ilustra este mensaje a través de la parábola de la higuera estéril. El propietario de la tierra está disgustado porque esa higuera no ha producido frutos en los últimos tres años y decide cortarla. El empleado que está al frente de este cultivo intercede para que le dé una última oportunidad para que dé frutos y se compromete a abonarla con cuidado.

Estos textos bíblicos, meditados en el contexto de la Cuaresma, nos invitan a un riguroso examen de conciencia que nos llevará a reconocer los infinitos beneficios que hemos recibido de Dios y la mediocre respuesta que hemos dado. Ante tantas bendiciones de Dios, deberíamos ser como higueras cargadas de frutos. Infortunadamente, son muy pobres los resultados, pues el egoísmo nos ha encerrado en el pequeño mundo de los intereses personales. Solo hemos pensado en nuestro propio beneficio. A pesar de todo, la misericordia infinita de Dios es paciente y nos sigue dando oportunidades de crecimiento interior.