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Visitación misericordiosa

  •   Domingo Diciembre 23 de 2018
  •   Apuntes del Evangelio
  •    Luis Javier Palacio Palacio, S.J.
  •    Adviento

La visitación de María o visita a su pariente Isabel, para ayudarla en su embarazo sería la visión misericordiosa de la escena.


Que ante el saludo de María salte el Bautista en el seno de Isabel y ésta quede llena del Espíritu Santo es bastante sugerente como experiencia mística. En las tradiciones devocionales la visita de María es abundante tanto en la iglesia latina como en la ortodoxa. En todos los evangelios parece ser el único caso en que el Espíritu se hace presente por el ministerio de dos mujeres. En la fórmula de consagración de las diaconisas de la iglesia ortodoxa se reza: “Tú has bendecido a la mujer a través del nacimiento en la carne de tu Hijo único, nuestro Dios por la Virgen y has dado la gracia y la visita del Espíritu Santo no solamente a los hombres sino también a las mujeres”. María sería como la mediadora para presentar el sentido profundo del significado de Jesús para otros. Con su mismo embarazo es signo para José, su prometido; para Isabel que debe aceptar que el Bautista no siga la línea familiar del sacerdocio en el Templo; para los discípulos en las bodas de Caná, que deben hacer lo que Jesús les diga; para nosotros que escuchamos la palabra de Dios y hemos de ponderarla en nuestro corazón. También le permite a Isabel escuchar a favor de quién debe estar la salvación en su canto del Magnificat. La fuerza de su virginidad (alejada de cualquier ingenuidad que podamos asociarle) celebra la caída del poderoso y el misericordioso levantamiento del pobre que clama protección. Buena parte de la obra misericordiosa del cristianismo ha estado bajo la mano y sobre la espalda de muchas mujeres.

Algunos comentaristas dicen que María emprende su viaje con “profundos pensamientos” como mejor traducción de con “presteza”. María es llamada bendecida por lo que ya ha sucedido más que por lo que pueda suceder. Ya ha sucedido que ha tenido fe. Es un tema que refleja al profeta Isaías quien recibe su llamado inmediatamente antes del oráculo concerniente a Emmanuel: “Sin fe no superarán”. Las alusiones al Antiguo Testamento son evidentes. María es tomada como la hija de Sión (el monte del Templo y símbolo de Israel), como el lugar donde se manifiestan los honores de Yahvéh. Estos eran tres: el nombre (ha-shem) que ahora no será Yahvéh sino Jesús; la santidad (Kadosh) que ahora va a ser la misericordia en Lucas (sed misericordiosos como mi Padre es misericordioso); la cercanía (shekina) que ahora es la encarnación. El lugar donde reside la divinidad es ahora Jesús, como luego serán los creyentes, templos vivos del Espíritu Santo. María es entendida por Isabel como la figura del Antiguo Testamento que portaba el arca de la Alianza. Sin embargo, esta ya había mutado, luego del destierro a Babilonia, en la Promesa. La Alianza había sido quebrantada y con sus múltiples leyes era incumplible, como lo reconoce Pablo. La alegría de María e Isabel es puesta en paralelo con la alegría de David y su gene cuando trasladan el Arca. Como David salta de alegría ante el arca, salta Juan Bautista en el vientre de Isabel. El grito de David: “¿Cómo que el arca del Señor viene a mí?” (2 Sm 6:9) encuentra su eco en Isabel: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?». Así como el Arca permanece tres meses en la casa de Obededón, permanece María tres meses en casa de Isabel y Zacarías. Claramente Isabel resulta un personaje de reparto. A Lucas le interesa el personaje central que es María. Pero ésta es importante por el plan de salvación. El mismo Bautista va a estar al servicio de la salvación; ese es su mérito. El saludo de ¡alégrate! (jáirete, en griego) es diferente al usual saludo judío que era “shalom” (paz). Pero es el saludo de María el desencadenador del saludo efusivo de Isabel a María como “madre del Señor”. La fiesta de la visitación tendrá su origen en la Edad Media y entre los franciscanos. Como primera comunidad apostólica y mendicante, ha de encontrar su espiritualidad en la vida en contacto con los pobres más que en los monasterios aislados. Visitan al pobre con su saludo de ¡paz y bien! Preservada por los franciscanos se extiende a la Iglesia universal en 1389 por Urbano VI. Los textos litúrgicos son obra de Clemente VIII. Para dar gracias por regresar a salvo Pio IX a los Estados Pontificios (hoy desaparecidos por el tratado de Letrán) eleva la fiesta al mayor rango. Sin embargo, la escena de la visitación no parece que hubiera impactado a los primeros cristianos, pues no hay representación de ella en las catacumbas. Empieza a verse inspiradora la visitación hacia los siglos V y VI. Se impulsa su representación en los siglos XV y XVI con imágenes de María atravesando las montañas, asistiendo el nacimiento del Bautista, de retorno a Nazaret luego de la visita. Más popular es la escena del encuentro de María e Isabel. Algunas incluso pintando a los dos infantes visibles dentro del seno materno.

Cualquier alabanza de María en los evangelios, tenemos que referirla a Jesús como personaje central. Jesús, cuando pretenden alabarlo indirectamente por la maternidad y lactancia de su madre, nos dice: “Dichosos los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”. Todos tenemos a nuestro alcance este tipo de relación. No se trata de un desplante. María entra en los evangelios por su fidelidad y obediencia a la voluntad de Dios. Es lo que entraña el “hágase en mí según su voluntad”, el fiat. María es grande frente a Jesús porque es fiel a su voluntad, más que por ser madre de Dios, que será un título autorizado en el concilio de Efeso, para dirimir algunas disputas frente a la naturaleza humano o divina de Jesús. Los mismos dogmas marianos como la Maternidad divina, la Inmaculada Concepción, su Virginidad y la Asunción, tienen como fundamento su incondicional fidelidad a Dios y están al servicio de la revelación en Jesús que es la normativa. Lucas presenta a María como discípula, haciendo lo que Jesús pide que hagan sus discípulos: misericordia. La visitación o visita a Isabel es un ejemplo de esa misericordia con su pariente Isabel, ya anciana y en embarazo de Juan el Bautista. María, con su fe, ha puesto su confianza irrevocable en palabras cuyo significado no entiende totalmente. Tanto en Lucas como en Mateo, le toca a María sufrir la pasión, desde las dudas de José hasta la pérdida del adolescente en Jerusalén. Presentada María como discípula, cosa que sucede también en el evangelio de Juan quien la ubica junto a la cruz, la pone por encima de cualquier pariente biológico o con vínculos familiares. “Mi madre y mis hermanos son los que oyen la palabra de Dios y la cumplen”. Otra expresión de la fe de María, ante el misterio que no entiende, es la expresión dos veces usada en Lucas: “Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón”. Es decir, Lucas considera a la madre de Dios como la verdadera discípula, ya que ha realizado las dos condiciones de ser discípulo: la escucha de la palabra y su realización práctica en la vida. La visita a Isabel, escrita en género midrash, nos transmite básicamente la esencia del evangelio: la misericordia; mujeres que se ayudan para seguir adelante construyendo reinado de Dios.